EL MILAGROSO PODER DE LA COMPASIÓN

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David y Cintia encontraron hace poco un gatito bebé en la calle con una pata mal herida. No tenía collar, así que decidieron quedarse con él; lo llevaron al veterinario, compraron una cama y un gimnasio para gatos, una caja de arena, comida seca y húmeda, y se esforzaron al máximo para lograr que se recuperara y pudiera caminar de nuevo en sus cuatro patas.

Los primeros días fueron difíciles, el gato había sufrido una contusión importante y la pareja tuvo que pasar largas horas con él recibiendo atención médica en el hospital para mascotas de la ciudad. El doctor le recetó antibióticos, analgésicos y antiinflamatorios, y pidió a los “nuevos padres” tener paciencia con el proceso de sanación.

Cintia puso un alto a sus proyectos personales por una semana; David redujo al máximo su flujo de trabajo delegando tareas a sus empleados, y ambos se concentraron en cuidar al pequeño gato como a un miembro más de la familia. Con el tiempo y los medicamentos, la pata mejoró y el gato pudo volver a caminar sin cojear; pudo saltar, correr y acostarse en el regazo de Cintia por las noches.

Ahora, las vacaciones familiares incluyen mucha arena y comida para gato, y David y Cintia, según me dicen, no habían sido nunca tan felices.

La compasión es algo de lo que probablemente escuchamos hablar todos los días. A donde sea que vayamos, hay alguien necesitado de ayuda y alguien dispuesto a ser compasivo; el valioso poder de la solidaridad y la empatía ocupa un escaño muy importante en todas las culturas y religiones del mundo, e incluso los budistas consideran la capacidad de ser compasivo como el verdadero alimento del alma.

No es para nada exagerado decir que, si más personas supieran las bendiciones que implica realizar un solo acto de compasión, habría manos tendidas por doquier y menos sufrimiento en el mundo. Por desgracia, muchos hemos entendido la compasión y la bondad como virtudes unidireccionales que generan un gran impacto en la vida de los demás, pero no en la nuestra.

Cuando alguien nos pide ayuda, asumimos que el alcance de nuestra intervención es limitado y que no obtendremos ningún beneficio a cambio. El efecto de esta creencia en el cerebro humano, acostumbrado a un largo proceso evolutivo donde las recompensas conducen decisiones, es cruzar los brazos y esperar que alguien más haga lo que nosotros podríamos: hacer más ligera la carga de alguien.

En realidad, todo lo que creemos saber – culturalmente – acerca de la compasión es mucho menos de lo que deberíamos. Un estudio de los valores transversales y la diversidad cultural entre oriente y occidente publicado por la UNESCO resalta la influencia de la ética confuciana y la doctrina budista en la formación del carácter del pueblo japonés. Los valores confucianos guiaron al antiguo imperio chino a permanecer a flote por más de 3,000 años bajo el principio de la “gran unidad”, sin embargo, y a pesar de la popularidad que rodeó a Confucio en Europa durante el siglo XVI, occidente conserva muy poco de los “valores asiáticos”.

La moral budista, por ejemplo, extiende la compasión a los animales y a las plantas como una demostración universal de preocupación por los demás. De hecho, se considera el acto de ser compasivo como un valor mucho más elevado que el amor. Para Tu Weiming, uno de los pensadores neo-confucianos más reconocidos del siglo XX, algo muy distinto ocurre en Europa y América, donde la idea de ser “una persona económica”, un animal racional, predomina en las instituciones educativas para enseñar a los jóvenes a maximizar beneficios individuales.

“La persona económica sin duda exhibe valores tales como la racionalidad, libertad, legalidad y conciencia de derechos. Sin embargo, valores como la responsabilidad, civilidad, decencia, simpatía, empatía, compasión y solidaridad social están ausentes. Ya no es persuasivo ni adecuado caracterizarlos como valores “universales”, considerando que no son más que valores asiáticos”.

Sin embargo, ayudar a otros puede ciertamente hacernos más felices.

La palabra compasión deriva del latín compati, que significa “sufrir con”, de modo tal que sentir compasión involucra un sentimiento de dolor o tristeza por el sufrimiento e infortunio del otro, acompañado de un profundo deseo de aliviar sus penas.

Recientemente, y gracias a la neurociencia, ha sido posible ver más allá de lo evidente para analizar los efectos de la empatía, la solidad y la compasión en el cerebro humano. Un estudio publicado en 2014 en la revista Current Biology sugiere que ser compasivo no solo beneficia a quienes necesitan ayuda, sino también a quienes la brindan. A través de la compasión, somos capaces de experimentar un placer único que va de la mano de sentir que somos útiles, que podemos crear un impacto real en el mundo y que nuestra existencia es valiosa para alguien.

La compasión hace que seamos más propensos a ayudar, a interesarnos por el bienestar de otros, lo que ha sido vinculado con una mejora en el sistema inmune y la salud general. El “contagio” de las emociones positivas de los demás hace que sintamos alegría por haber dejado una huella en su vida y, en consecuencia, fortalecemos nuestra capacidad para hacer frente al dolor.

David y Cintia no pueden imaginar su vida sin Coco: “Nos ha enseñado que tender la mano para ayudar a otros es un hermoso privilegio”.