por R. Arosemena P.
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Es habitual escuchar hablar de la moral como la representación del bien, y del bien enunciado a lo interno de un grupo como el bien absoluto. Ambas ideas son erróneas considerando que el bien absoluto no existe, y que incluso el bien a secas ya es un concepto condenado al relativismo.

Ni el bien ni el mal pueden considerarse elementos de referencia en la praxis moral. Lo que define, en todo caso, el imperativo moral de un grupo es lo que resulta funcional para su conservación, o citando a aquellos señores de la filosofía utilitarista: “Lo útil es lo bueno”.

Ahora bien, los conceptos ética y moral son tan antiguos como la civilización occidental. Para Aristóteles, la ética (que proviene del vocablo griego êthos — estancia, lugar donde se habita, forma de ser o carácter —) era entendida como:

Una cierta naturaleza adquirida a través del hábito o reiteración de actos, un conjunto de cualidades que el hombre adoptaba, no como parte de su naturaleza biológica, sino por repetición de ejecuciones. 

Un individuo era, entonces, considerado justo porque había llevado a cabo acciones justas con la suficiente constancia para adquirir el hábito de la justicia, y no porque tal cualidad estuviera en su génesis.

La moral, por otro lado (que deriva del latín mores — costumbre —) fue el término acogido por los romanos como analogía al êthos aristotélico, y describe el conjunto de comportamientos manifiestos en el individuo que se adquieren a partir de la repetición de acciones.

Imagen CC Busto de Aristóteles. Mármol, copia romana del original griego en bronce de Lysippos, del 330 AC; la toga de alabastro es una adición moderna.

Aunque ambos términos parecen guardar similitud y a menudo son, equívocamente, empleados como sinónimos, presentan diferencias consistentes, puede que más remarcadas hoy en día que en la antigüedad.

En su libro La moral universal o los derechos del hombre fundados en su naturaleza (1776), el filósofo francés Paul Henri Thiry d’Holbach define la moral como “la ciencia de las relaciones que existen entre los hombres, y los deberes que nacen de estas relaciones. O de otro modo: la moral es el conocimiento de lo que deben necesariamente hacer o evitar los seres inteligentes y racionales que quieran conservarse y vivir felices en sociedad”.

Esta visión, aunque con más de doscientos años de antigüedad, ilustra la diferencia esencial entre un concepto y el otro: la moral es el conjunto de normas, costumbres, tradiciones o prácticas aceptables a lo interno de un grupo social, mientras que la ética conforma el estudio reflexivo de dichas prácticas. En otras palabras, la moral abarca el “cómo” nos conducimos en sociedad, mientras que la ética estudia “porqué” nos conducimos de esa manera, en qué basamos las normas que rigen nuestros códigos y cómo se relacionan o diferencian estos de los que imperan en sistemas externos.

La moral abarca el “cómo”, mientras que la ética estudia “porqué”

Imagen CC Akshar Dave

El escritor y profesor de ética español José Luis López Aranguren se refiere a la ética como la moral pensada — pues supone una reflexión de sí misma —, y a la moral, como la moral vivida — pues guarda mayor relación con la experiencia directa que con la reflexión teórica —. De ahí que podamos referirnos a dos planos desde los cuales es posible el abordaje de un conflicto: el de la perspectiva moral buscará una resolución basada en lo socialmente aceptable y colectivamente funcional, mientras que la perspectiva ética buscará entender qué rige la validez moral de dicha resolución.

Simplificando: la ética tiene como fin la reflexión de la moral desde una perspectiva universal, aludiendo a principios aplicables a toda sociedad humana. En cambio, la moral sienta las bases de la conducta diaria partiendo de un principio de integración. El individuo adopta un código moral por necesidad de pertenencia, por adaptación, y este código varía de un grupo a otro, de una cultura a otra, de una sociedad a otra.