por Américo Ramírez
americoramirez71@gmail.com

E

l camino, el tiempo y el espacio son los ingredientes de las nuevas recetas que componen Historias de un driver. El camino es la ruta donde aparecen los protagonistas de mis escritos, mis transitorios pasajeros… el tiempo y el espacio determinan en gran medida los temas que abordamos en las conversaciones relámpago que nutren esta columna de El Faro.

Este escrito no es el que había hecho para la entrega semanal, pero han sido días especiales donde mi carro se ha convertido en una especie de consulado móvil de mi país. Cada persona que sube, al enterarse de la nacionalidad de este conductor, me ha expresado consideraciones, preocupaciones y, sobre todo, mensajes de afecto por la situación actual en la tierra que me vio nacer.

Desde que empecé a escribir esta saga de artículos que describe las aventuras detrás de un volante, jamás he mencionado cuál es mi país, aunque para casi todos es obvio. Esta omisión se fundamenta en dos criterios: el primero es una travesura literaria que consiste en generar una adivinanza subliminal para los lectores, al estilo de Springfield en “Los Simpson”, o de dónde venía Fez, el estudiante extranjero de ”That ’70s Show”.

La segunda razón era mantener la esencia del inmigrante, condición universal. Lo importante no es la ida sino la llegada, enmarcar esa universalidad en una sola nacionalidad individualizaría mezquinamente la grandeza del concepto.

Hoy debo romper esta forma: a quienes ya lo sabían (y a quienes no), les aclaro que soy orgullosamente como lo dice el Alma Llanera: “yo nací en una rivera del Arauca vibrador”, o sea que soy VENEZOLANO. Por cierto, tengo mi partida de nacimiento legal, a diferencia de Nicolás Maduro, el usurpador que mantiene “por ahora” el poder en mi golpeado pero valiente país.

Aclarado mi origen terrenal, prosigo trabajando en pro del despertar de tanta gente que se ha visto impactada por las noticias que recorren el mundo sobre los acontecimientos violentos en estos últimos días en Venezuela. Desde que llegué a este país, y cada vez que se me ha dado la oportunidad de plasmar la realidad de mi país, procuré propagar información entre la gente. Muchos se han bajado de mi carro tan sorprendidos de mis conceptos que algunos han podido no creerlos. Después de todo, un episodio de “The walking dead” es más coherente que la situación de mi país, por ejemplo: el hecho de que el salario mensual sea inferior a los 4 dólares, o que los recién nacidos, si logran sobrevivir a las bacterias de un hospital contaminado, llegan a casa en una caja de cartón.

Además, una de las mujeres más ricas del país y de toda América Latina nunca ha trabajado en su vida, y su único mérito es haber sido hija del traidor más grande que ha parido mi tierra, el fallecido ex presidente Hugo Chávez.

Por si fuera poco, varios ancianos han caído muertos por ataques cardíacos en largas filas para recibir una caja de comida casi siempre llena de alimentos vencidos, o por cobrar una miserable pensión que no alcanza ni para comer, mucho menos para medicamentos (porque no los hay).

La única salida para solucionar los problemas básicos que enfrentan los ciudadanos es el aeropuerto o cruzar las fronteras caminando, combatiendo el hambre, el clima y el cansancio.

Podría escribir horas sobre cómo el socialismo del siglo XXI transformó un país que era referencia de progreso en una hiperinflación del 10.000.000% anual, es decir que ya no somos un estado sino un terreno lleno de gente.

Vendedor de calle en Maracaibo, Venezuela | Cortesía de Pixabay

Por eso nuestra insistencia inquebrantable en la lucha por la libertad. Los jóvenes que han tenido la oportunidad de luchar son verdaderos héroes; el presidente constitucional de Venezuela, Juan Guaidó, lo que tiene de especial es que posee las mismas características y perfil de los jóvenes miembros de la resistencia: valientes, irreverentes ante la usurpación, nobles, y ante todo, no negocia valores con ‘vendepatrias’ del gobierno o supuestos opositores que hablan de diálogo con la excusa de alargar la estadía de los genocidas que usurpan el poder.

Una tanqueta que puede pesar más de 5,000 libras girando intencionalmente para arrollar a un grupo de manifestante que demandaban libertad recorrió el mundo: una prueba irrefutable de la maldad de la que están hechos estos despojos humanos de ideología, Castristas indignos para el mundo entero. Antes, era yo quien hablaba de mi país a los pasajeros; esta semana, ellos no me dejaron hablar.

No puedo dejar de contestarle a alguien que se había ganado mi consideración por su coherencia de vivir como lo debe hacer alguien que promueve la izquierda latinoamericana en su lucha fracasada por construir una justicia social e igualdad de oportunidades: José “Pepe” Mujica, hombre que luego de un par de décadas en la cárcel por ideas políticas y alcanzar la presidencia de Uruguay, vive tal y como profesa su ideología. Al preguntarle un periodista a Pepe sobre las dantescas imágenes de la famosa tanqueta arrollando a ciudadanos venezolanos, contestó: “No hay que ponerse delante de las tanquetas. Si usted sale a la calle, se expone”. 

Pepe, la embarraste con esa respuesta tan desubicada e indignante para la especie humana, y que privilegia al fuerte sobre el indefenso. Voy a tomar tu teoría para aplicarla en otros casos:

  • No te pongas delante de un policía, ellos portan armas.
  • No te pongas delante de un elefante en el zoo, ellos son más fuertes que tú.
  • No te pongas delante de un albañil, él tiene una pala.
  • No te cruces una calle, la gente tiene carros.
  • No te hagas una cirugía, el médico tiene un bisturí.
  • No salgas de tu casa, estás provocando a los demás para que te hagan daño y tú serás el culpable de eso.

Pepe, no me jodas y por favor piensa antes de volver a hablar.

Venezuela está en manos extranjeras, de gobiernos que han dejado morir a su propia gente en el fondo del mar para preservar secretos de un submarino nuclear. Está en manos de un gobierno con un poder financiero inmenso al que le encanta el libre mercado para hacer negocios fuera de sus fronteras, pero que es cuestionado por violar los derechos humanos de su pueblo. También está en manos de países donde la lapidación de mujeres es un acto corriente y, para terminar, en manos de una tiranía de más de 60 años en manos de los hermanos más macabros que el Caribe haya podido parir: Fidel y Raúl Castro, vivos ejemplos de cómo producir miseria.

Me disculpan los lectores si esta entrega es radicalmente opuesta a las anteriores, y admito que está cargada de frustración e indignación, pero también está llena de esperanza y buenos deseos por parte de mis grandes compañeros de todos los días, mis pasajeros, que esta semana han sido también un poco venezolanos.

Por otro lado, no puedo obviar el reconocimiento a este gran país y los miembros de su gobierno, por apoyar el intento del retorno a la libertad de Venezuela, confrontado al dictador, promoviendo y exigiendo acción a los gobiernos que con su pacifismo deterioran más el estado humanitario en el país. Imagínense que Estados Unidos no hubiera ido a la Segunda Guerra Mundial, o que Panamá hubiese estado más años en manos del narcodictador Noriega, o que no hubiese ocurrido una tormenta del desierto para despojar a Kuwait de las manos de Sadam Hussein.

Me despido como decía el gran Gustavo Cerati: “Gracias totales” U.S.A.

Hasta la próxima y en espera de una pronta Venezuela libre.