por Américo Ramírez
americoramirez71@gmail.com

E

l nacimiento de un bebé en una familia representa una bendición infinita.

No importa la manera como se dieron los hechos, en la gran mayoría de los casos no existe planificación para la concepción de un nuevo ser. En los años de mi adolescencia (no hace más de 10 años atrás, quisiera yo), era común que parejas de amigos arrastrados sin freno ni protección alguna por el apasionante acto carnal condujera a la reproducción de la especie.

Así terminaban llenando el carrito del Amazon biológico para una espera de 9 meses con tal de recibir un producto muy especial, pero que nunca viene con manual de instrucciones.

Las reacciones confidentes de mis amigo y amigas de la época, que pronto se convertían en papás y mamás prematuros, consistían en una descarga de alegría y orgullo pero casi siempre bien camuflada para ocultar la preocupación y el miedo, sobre todo mis amigas.

Les tocaba el horror de dar la noticia en su casa, y concretamente a su padre, el gran macho Alfa de la manada que, la mayoría de las veces, recibía la novedad como una traición o una deshonra al linaje familiar. En el transcurso de la gestación, a menudo que crecía el abdomen de la futura parturienta, simultáneamente crecía el ceño fruncido y la boca como trompa del macho Alfa, un gorila lomo plateado, todo producto de haber mancillado la honra del líder y guía de valores.

Pero lo que más me ha impresionado es lo que sucede al primer contacto visual y táctil entre la criatura recién llegada y el macho Alfa de la manada. De repente, los gruñidos y el endurecimiento facial desaparece y en una especie de metamorfosis hiper acelerada empieza un rito muy raro, una extraña danza circular con el cachorro humano en brazos y cánticos agudos y balbuceantes que expresan ternura y cariño genuinos, y que generaran de ahí en adelante una nueva etapa definitiva de aceptación y complicidad con el nuevo miembro de la familia.

Lo que no me he dejado de preguntar las decenas de veces que vi y veo repetir esta historia es: ¿por qué el mal rato durante el tiempo de envío si luego de la entrega se vuelven una pera en dulce?

Hace pocas semanas, mi día estuvo bendito: en menos de 4 horas, subí a mi carro tres pasajeros especiales, provistos de más accesorios y equipo que un marine en la tormenta del desierto. Coche, pañalera, portabebé, biberón, fórmula, nebulizador, termómetro, incubadora portátil y, detrás de esa parafernalia, una mamá encorvada por el equipo que debe pesar no menos de 45 libras, pero todos orgullosos y con su mirada me confirmaban el instinto protector permanente para defender a su cría.

Luego de cada pick up y drop off de estos baby riders, se invertían casi 10 minutos en ajustar y desajustar la silla, llevarse las dos pañaleras, bajar o montar el coche y, por supuesto, subir y bajar al baby.

Todos los días doy gracias a Dios por haber nacido hombre, porque seguro en uno de esos procedimientos hubiese dejado como objeto perdido a la criatura.

En fin, todas estas madres que acompañaban a sus hijos, todas latinas, se les veía algo cansadas, un poco nerviosas pero a la vez radiantes y con un sentido de realización que me expresaron durante su viaje, en el cual ya yo no era un rider común sino un conductor de productos inflamables, o de valores, tema que requiere una conducción muy cuidadosa y especial.

Al terminar sus viajes, me despedían con el mayor cariño del mundo y, ayudando a bajar los 15 o 20 accesorios que llevaban encima, yo las despedía felicitándolas por vivir esa hermosa sensación. Una de ellas me confesó su agotamiento físico y, por dentro, mi humor negro no dejaba de pensar en las palabras de mi madre: “Usted no ha visto del burro si no nada más la cola”. 

La aventuras de esas mujeres con sus neonatos evolucionará a través del tiempo en experiencias buenas y no tan buenas, en preocupaciones, en alegrías, en logros, en caídas y en ayudar a levantar a la cría cuando tropiece. En fin, la expresión de mi madre encierra que han firmado un contrato sentimental sin fecha de expiración, o sea vitalicio.

Henley Design Studio

Dos días después, estoy rodeando court house (la corte) con mi Rocinante de cuatro ruedas. Me gusta tomar pasajeros de ese lugar, porque en una sala de justicia siempre hay excelentes historias. Y bingo, se activa mi app y se sube Johana, una mujer joven de unos 30 años con rasgos caribeños.

Su español me hace deducir rápidamente que es una ciudadana de este país, de segunda o tercera generación de inmigrantes. Al montarse a mi carro, percibo una atmósfera un poco más pesada de lo normal. La cara de preocupación de Johana no necesita traducción alguna, se dispara uno de los tantos conectores que uso (lo que llamo pasar del frío al caliente en mi interés por interactuar con la gente: empieza a decirme que no la está pasando bien, que lleva noches sin poder dormir.

Su apertura me dio confianza para regalarle una frase de optimismo y decirle que seguro se resolverá la situación. Inmediatamente me aclara que ella no tenía problemas con la corte pero su hija sí, y en una especie de necesidad de confesión, me dice una de las cinco frases más contundentes que he escuchado detrás del volante: “Vengo por mi hija, ella no es una buena persona”.

Mi esquema de lo normal se despedaza en ese instante. Escuchar a una madre decir eso es antinatural, o viene de una persona exageradamente justa o de una mala traducción al español. “Mi hija se fue por segunda vez con un novio que la maltrata, la primera, su padre y yo logramos hacerle entender y hasta una orden de alejamiento nos dieron; hace dos días, se volvió a ir con él violando la orden y tememos por su vida”, me dijo.

Dos días atrás, una madre primeriza me confesaba que estaba agotada porque su bebé no la dejaba dormir (como debe ser), y ahora la madre de una adolescente no podía dormir por temor a la integridad física de su hija, ya mujer. Paradojas de la vida.

Yo soy un superviviente de dos adolescentes, en promedio, categoría 4,5 en la escala de Richter. Me queda uno hijo de 9 años por afrontar, el instituto de sismología aún no tiene pronóstico de su intensidad, espero sea benévolo con este servidor. Siempre uso esta frase: “la adolescencia es un dolor de cabeza que solo lo cura el tiempo”. No creo que los pedagogos ni los psicólogos la avalen, pero desde mi título de padre, tiene todas las pruebas teóricas y prácticas fundamentadas para ser mi tesis.

Y como ser anticipador, y muchas veces calculador, también tengo la tesis de ajustar cuentas y dolores de cabeza con mis otros dos adorados tormentos cuando vivieron esa etapa difícil, como la vivimos todos. Le pido a Dios vida para cumplirla y hacer mi papel de abuelo como corresponde, siendo el gran aliado natural de ellos, usando la autoridad como un extintor de fuego: “solo romper el vidrio en caso de emergencia”, y disfrutar como música para mis oídos las futuras palabras de mis hijas: “tu abuelo te tiene hiper consentido, es un alcahueta”.

Qué forma tan dulce y hermosa de equilibrar cargas a través de la evolución familiar

Chela y Antonio, los felices nuevos abuelos de Victoria: si desean, les presto mi tesis para ponerla en práctica y me cuentan después. ¡Felicidades!

Debo decir que en mis envíos recibidos por cigüeña parisina (aún Amazon no existía), los paqueticos llegaron sin manual de uso. En la etapa de la adolescencia de mis hijas, acudí a un apoyo, así que aconsejé a Johana recurrir a un personaje importante para mí: un juez de menores de la provincia de Granada en España que se llama Emilio Calatayud, famoso por sus libros “Mis sentencias ejemplares”, y que ha revertido una gran cantidad de sentencias de una prisión donde los menores, en lugar de hacerse profesionales en delinquir, han sacado una carrera técnica o se han ido a ayudar en un ancianato. 

Don Emilio Calatayud habla sobre cómo los hijos poseen cada día más derechos que menoscaban y atentan contra la capacidad de los padres de ejercer autoridad sobre el menor, porque se supone que no puedes reprenderlo sin violar alguno de sus derechos físicos psicológicos. Pero además el estado español (en este caso) te exige y responsabiliza como padre por el excelente desenvolvimiento del menor ante la sociedad, disculpen el exagerado ejemplo pero así soy yo (lamentablemente). Debes cuidar una prisión y llevarla con excelentes resultados pero instrumentos para imponer la autoridad ante un posible motín.

Otro par de conocimientos que adquirí al escuchar a este peculiar juez dan respuesta a la sopa de ideas psicoeducativas donde lo mejor es ser amigo de tu hijo. A esto, Calatayud contesta:

“Yo no soy amigo de mi hijo, yo soy su padre, porque si me convierto en colega de mi hijo dejo a mi hijo huérfano”. 

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Adicionalmente y no menos importante, está el decálogo “Cómo formar un delincuente” y “El contrato de una madre y un hijo al comprarle un teléfono de la manzanita mordida”. Calatayud argumenta que no habla como juez sino como padre, que todas sus opiniones pueden no ser correctas, pero lo amparan sus experiencias de vida como progenitor.

Para finalizar, quiero aplaudir y desear mucho éxito a la iniciativa de un grupo de madres de West Palm Beach que han organizado el colectivo @mamaslatinaspalmbeach, donde sus miembros intercambian experiencias, consejos y actividades sin fines de lucro y con el objeto desinteresado de promover civismo y solidaridad, ¡si estos preceptos se mantienen en espacio y tiempo, les auguro el mejor de los futuros! 

¡Hasta la próxima!