La entrega de los Oscar el año pasado representó una ocasión particular, ya que la gala obtuvo el rating de audiencia más bajo en los últimos 10 años. 

Para algunos, el evento fue un valle de infortunios, aunque no tan recordado como la gala 2017, que pasó a la historia por el error de Warren Beatty y Faye Dunaway al leer el sobre equivocado con el nombre del premio a ‘Mejor Película’.

Seguramente, más de uno se pregunta con anticipación si este año será distinto, si la presentación desde la alfombra roja hasta la entrega del último premio no tendrá una duración de 6 horas llenas de publicidad, chistes malos, eventos irrelevantes y escaso contenido de calidad para los cinéfilos. Después de todo, es Hollywood, ¿no? Debería ser lo mejor de la industria del cine mundial.

Este año no habrá un presentador dando la bienvenida a cada premio, no tendremos un Jimmy Kimmel o una Ellen DeGeneres contando ocurrencias inoportunas en la noche más esperada del cine americano. Esto resta bastante encanto a la gala, en especial porque los nominados de este año parecen ser un listado de las películas más comerciales y populares que llegaron a taquilla, y no necesariamente las mejores.

En otras palabras, los amantes del cine pueden –y con derecho– sentir que los Oscar 2019 son un intento por recuperar a un público cada vez menos interesado en formatos de cine convencional.  

De igual forma, la tendencia de elegir otros festivales como Cannes, Sundance, Toronto, Sitges y demás ha ido en aumento en los últimos años (por algo será), lo que demuestra un claro interés del público en fundamentar y compartir cintas internacionales y locales que muestran una visión global del séptimo arte y no un monólogo aburrido basado con argumentos reciclados.

Los Oscar no definen si una película es buena o mala, eso es un hecho, pero su prevalencia cultural ha sido inscutible en el último siglo. Quizás sea tiempo de dar paso a entregas más vigorosas y relevantes para la comunidad internacional, una “mesa redonda” a la vanguardia.