Recientemente, El Faro conversó con Luis Kishon, médico veterinario y autor de Memorias De Un Veterinario, Conversaciones Con Un VeterinarioBreves Sugerencias Para Tener Animales (Un Poco) Más Felices. 

¿Quién es Luis Kishon? Háblanos de ti y de cómo inició tu carrera como veterinario y posterior incursión en la escritura. 

Nací en Buenos Aires, Argentina, en el seno de una típica familia de clase media. Nuestros padres trabajaban, mientras que mi hermana y yo cumplíamos con nuestro “deber” de estudiar y avanzar en los estudios. Éramos parte de una familia bastante numerosa y unida, formada por tíos y primos. Realmente, atesoro muy gratos recuerdos de aquella época y no tengo dudas de que mucho de lo que soy hoy, es la herencia de esos tiempos.

Dr. Luis Kishon, médico veterinario y autor de Memorias De Un Veterinario, Conversaciones Con Un VeterinarioBreves Sugerencias Para Tener Animales (Un Poco) Más Felices.

Mi carrera como Médico Veterinario comenzó a los cinco años. Habíamos ido con mis padres y mi hermana a un lugar de veraneo, no lejos de Buenos Aires, y era nuestra costumbre salir a caminar por la playa los cuatro, generalmente al atardecer. En una oportunidad, caminando sobre la arena mojada, vi a unos cincuenta o sesenta metros delante de nosotros un caballo muerto, colocado de costado, hinchado por el calor y todo cubierto por moscas.

Era la primera vez que me encontraba cara a cara con la muerte, y sentí un fuerte, irresistible impulso de tocarlo. Cuando mi mano se encontraba a unos pocos centímetros de la enorme panza del caballo, una voz firme me dijo: “¡No toques!”.

Lo siguiente que recuerdo es que los cuatro pasamos caminando a pocos metros del caballo, mirando yo continuamente hacia atrás, hacia el animal, tomado de la mano por uno de mis padres. A los pocos minutos le pregunté a mi papá cómo se llama la persona que cura a los animales, y la respuesta fue: “veterinario”. Esa palabra me transmitió una poderosa fuerza, una muy extraña energía, y dije: “Bien. Cuando sea grande, seré veterinario”. 

Antes de ingresar a la facultad, me atrajo siempre todo lo que fuera naturaleza, medicina y animales, y se fue perfilando en mí una gran atracción hacia los animales y la posibilidad de ayudarlos y curarlos.

Me gradué en 1979 en la Universidad de Buenos aires y comencé a trabajar al mes siguiente en un hospital veterinario en Buenos Aires. En él hice mis primeras armas, y desde acá pido disculpas a mis pacientes de entonces en caso de que algo no haya salido bien, aunque no me consta.

Debido a la muy mala situación política, social y económica reinante en esos tiempos en Argentina, decidimos con mi esposa emigrar a Israel, donde vivimos hasta el 2002, año en que nos mudamos a Florida. Ejercí mi profesión en Israel durante casi veinte años. Al llegar a Estados Unidos, debí esforzarme mucho para obtener mi licencia profesional, lo que me llevó casi seis años de estudios, hasta que la logré y entonces se me dio la oportunidad de abrazar y practicar nuevamente la profesión que siempre amé. 

Desde muy joven, 3 hobbies o pasatiempos ocuparon mis ratos libres: uno de ellos fue el de criar árboles enanos, bonsái por su nombre en japonés. El segundo fue criar peces tropicales y el tercero fue escribir. Los primeros dos los he venido concretando casi todos estos años, pero el hábito de escribir lo he mantenido algo aletargado hasta hace unos 5 o 6 años. Siempre he sentido que en mi interior yacía un cierto mensaje, algo que siempre he sentido la necesidad de transmitir, y así lo he hecho en mis libros.

¿Cuál ha sido el mensaje que has deseado comunicar en tus libros y por qué consideras que es importante su divulgación? 

Tomando en cuenta los casi cuarenta años de ejercer mi profesión en tres distintos países, he aprendido que el hombre, como especie, es exactamente igual en cualquier país en el que viva. Tal vez una de las pocas diferencias que se presenten, sería el idioma que habla o el carro que maneja; quizás el nivel de tecnología al que puede acceder, pero en esencia, el hombre es el mismo, y el concepto en general que posee con respecto a los animales se repite constantemente, independientemente del país del que hablemos.

“Salvo las excepciones, que siempre se presentan para justificar las reglas, el hombre observa a los animales bajo un punto de vista utilitario, tratando de obtener el máximo beneficio, y me estoy refiriendo más que nada a los animales utilizados de forma industrial como alimento. Este concepto ignora casi totalmente las necesidades físicas, emocionales, psíquicas y sociales de los animales. En mi tercer libro, “Conversaciones con un veterinario”, me explayo ampliamente sobre este punto”.

El mensaje que he tratado de transmitir se divide en varias partes: la primera es la de intentar mostrar todo aquello que el hombre de la calle, el hombre común, ignora totalmente, sea porque no le interesa o porque lo sabe pero no le da importancia. Para aquellos que sí se interesan pero no tienen acceso a algunos detalles muy importantes a tomar en cuenta, lograrán acceder a un material casi inédito, al que muy pocos han tenido acceso o la posibilidad de difundir, relativo a la relación hombre-animal.

Por otro lado, hago referencia a la manera en que la publicidad masiva engaña al público sobre supuestas “cualidades” de los alimentos balanceados preparados para perros y gatos, no solamente en Estados Unidos, sino en todo el mundo, ya que las compañías productoras son parte de compañías multinacionales, distribuidas por todo el orbe.

¿Cómo ha sido la relación de Luis Kishon con los animales? ¿Hay alguna anécdota curiosa que hayas vivido dentro o fuera de consulta y que puedas contarnos? 

Mi relación con los animales podría definirla como “un continuo aprendizaje”. En primer lugar, no logro imaginarme a mí mismo ejerciendo otra profesión que no sea la que ejerzo a diario. En segundo, tengo la enorme suerte de que cada día, cada uno de los días en que me dirijo a mi lugar de trabajo, mientras manejo, me pregunto con qué me encontraré hoy; qué me espera hoy que sea nuevo y sea capaz de sorprenderme.

He sido afortunado: casi no ha habido un día en el que no haya encontrado algo distinto, no solo un caso clínico, sino un sentimiento despertado por mis pacientes o por los “padres” (los dueños de mi paciente), que no haya logrado marcarme de manera nueva, diferente.

Portada del libro “Memorias de un Veterinario” del Dr. Luis Kishon, que puede ser adquirido en línea en Amazon y Barnes and Noble.

En mi segundo libro, “Memorias de un veterinario” hablo sobre doce casos absolutamente reales que atendí en los países en los que trabajé: cuatro de Argentina, cuatro de Israel y cuatro de este país. Algunas de ellas lograrían hacernos reír un poco, otras, tal vez lagrimear, pero casi todas podrán emocionarnos, tal como lo hacen conmigo aun hoy, cuando las releo.

Una anécdota curiosa que me tocó vivir no hace mucho tiempo sucedió muy cerca, en West Palm Beach: Trabajaba entonces en una clínica muy grande, donde había siete veterinarios trabajando al mismo tiempo. Al mediodía, después del almuerzo, regreso para seguir atendiendo los casos de la tarde y, cuando entro a la sala de consultas que me corresponde, encuentro a una señora mayor de elegante aspecto, que ya había colocado sobre la mesa de examen una canasta de esas de mimbre, como las que se usan para picnics, con dos tapas.

Luego de saludarla y presentarme, mientras estoy completando a mano algunos datos sobre la ficha médica que se encontraba al lado de la canasta, rápidamente una manito levanta una de las tapas y me quita el lapicero de la mano. Mi sorpresa fue enorme, claro, y le pregunté a la señora: “¿Qué fue eso que me quitó el lapicero?”. Me explicó que se trataba de un monito tití que tenía hacía ya unos cinco años, pero que no se sentía bien.

Aparentemente, habría sufrido de exceso de comida, ya que durante el fin de semana toda la familia estuvo en su casa festejando su cumpleaños con una gran comilona, de la que fue también partícipe el monito, comiendo exactamente lo mismo que los invitados: desde pollo frito hasta frijoles picantes, pasando por todo tipo de manjares varios. No me resultó fácil contenerme para no reír, pero, haciendo un cierto esfuerzo, logré sugerirle a la señora que esperara unos minutos a uno de nuestros veterinarios, que sí atendía y entendía casos de ese tipo. Situaciones como esta aparecen cada tanto, por suerte, y sirven para ponerle al día a día un cierto cambio de color.

Como dato anecdótico, y en resumidas cuentas, el monito se mejoró muy pronto siguiendo un estricto régimen de comidas y remedios para apoyo hepático. 

¿Cómo enriquecen nuestra vida los animales? 

Esta es una magnífica pregunta, y la respuesta no es sencilla para nada. No olvidemos que hacen falta dos para el tango, lo cual significa que para que un animal enriquezca nuestra vida es necesario que nos encontremos lo suficientemente abiertos mentalmente, emocionalmente y hasta intelectualmente para poder recibir y asimilar el mensaje transmitido.

Para el Dr. Kishon, es importante que la humanidad se reencuentre con la empatía y que el público sea educado en torno a los derechos de los animales, así como sus necesidades físicas, emocionales y psíquicas.

“El animal siempre transmite, pero no siempre captamos el mensaje, y las razones –o las excusas– son casi infinitas: por falta de tiempo, porque no me di cuenta, porque no me interesa, porque no le entendí, etc.”

Tengamos en cuenta que el animal siempre transmite algo: desde un pedido de ayuda hasta un ofrecimiento de ayuda, nos informa que algo le duele o le molesta, que tiene hambre o que está triste, y así podemos continuar con la lista de mensajes, sean entendidos o no.

Evidentemente, esta dificultad para ser comprendidos lleva a la frustración del animal, esta conduce a la impotencia y, a partir de aquí, pasamos a la angustia. Y la peor angustia es la angustia de no querer seguir viviendo, ya que no he encontrado el alto fin de mi existir, no lo he logrado. 

Comprendo que todo esto puede parecerle a algunas personas una “humanización” del animal, un intento de poner en el animal situaciones o condiciones sicológicas o incluso filosóficas que el ser humano considera “exclusivas” del hecho de ser “humano” (que no es lo mismo que ser humano como especie, como ser biológico). Y lo comprendo, porque estas personas se atribuyen, o le atribuyen al hombre, esas cualidades sobre las que hablamos, como si el ser humano se encontrara en el pico máximo de la evolución.

Desde cierto punto de vista, sí, es probable que el hombre haya alcanzado alturas jamás soñadas por algún Cro Magnon hace decenas de miles de años, pero también es cierto que el hombre ha alcanzado alturas jamás soñadas de auto destrucción, de auto aniquilación, de exterminio masivo –lento, pero sistemático– de cuanta especie animal o vegetal se hallaba a su alcance, especies que han pasado a ser parte de la larga lista de “extinciones”. Así se ha llamado al exterminio para hacerlo algo más asimilable, como si las extinciones fueran producto de una curiosa casualidad o de un repentino cambio climático. 

Para concluir con este apasionante tema, digamos que es justamente la dificultad para conectarse con el animal de donde proviene esa, llamémosla, “altanería” de atribuirnos las mayores posibilidades afectivas, filosóficas, intelectuales y/o psíquicas. Y si alguien sostiene que esas cualidades son exclusiva propiedad del hombre, yo le preguntaría:

“Tomando en cuenta el estado en que se encuentra el mundo después de decenas de miles de años de gobierno humano, ¿no será tal vez hora de que los animales tomen el poder? Porque de cierta forma pareciera que el hombre no ha tenido mucho éxito en su gobierno. ¿Alguien puede asegurarme honestamente, y mirándome a los ojos, que el mundo como está hoy en día es lo mejor que podríamos haber hecho?” 

 

Al fin de cuentas, como dice Roberto Carlos, ¿no sería mejor ser civilizados como los animales?

¿Cómo describirías la relación hombre-animal? ¿Qué necesitamos aprender de los silvestres? 

La relación hombre-anima ha adoptado, históricamente, una actitud utilitaria material, hasta que aparecieron las mascotas, perros, gatos y otros animalitos para ofrecer una utilidad afectiva, que no es distinta de la material, salvo que la afectiva mueve fibras, emociones y sentimientos que a la material no le atañen casi nada. 

Esa relación material tuvo como principal protagonista la cría de animales de abasto para proveernos de carne, cuero, lana, huevos, etc., hasta el día de hoy. 

Si he de ser sincero, aun sin proponerme amargarle la vida a nadie, debo decir que esta es la industria que peor califica al hombre desde el punto de vista moral; no tiene paralelo con ninguna otra en cuanto a crueldad aplicada a los animales, desinterés casi absoluto por las necesidades emocionales, sicológicas, físicas y sociales del individuo, sin hablar de una especie determinada.

La relación hombre-animal ha estado marcada desde sus inicios por la industria de la producción de alimentos, lo que ha hecho de esta interacción una dinámica esencialmente utilitaria.

Como la óptica es de “utilidad”, es decir, de dinero, todo vale y todo se aplica con tal de invertir lo mínimo para lograr el mayor rendimiento. ¿Invertir poco en qué? Pues en lugares físicos para asegurarle al animal el mínimo espacio para su desarrollo corporal y social, donde se permita un contacto físico entre ellos según lo sientan y necesiten, un acceso razonable al aire libre en vez de pasarse la vida encerrados en recintos con luz y temperaturas artificiales, reducidos a simples objetos productores de algo que será consumido en forma de lo que el hombre ha llamado “productos alimenticios”.

Estos productos provienen de animales que han nacido para vivir una vida desgraciada, de dolores inútiles y sufrimientos ilimitados que acaban –afortunadamente– cuando el animal es sacrificado, y utilizo esta palabra benigna para no llamarlo por su verdadero nombre: matanza o asesinato.

¿Suena muy duro? Lo siento mucho, pero no estoy inventando nada que no exista ya. Invito a cualquier ser humano a acompañarme a una visita por uno de los muchos mataderos de animales, sin importar cuál sea, para observar el método utilizado. Desde el momento en que el animal arriba al lugar hasta que lo deja en forma de res o lo que sea, se trata de una cadena paso a paso rodeada de acosos físicos, castigos totalmente inútiles, dolores producidos sin ninguna justificación hasta que llega el momento final de acabar con la vida de ese animal. Por suerte para él, todo tiene un final…

De los animales silvestres, podríamos aprender que el instinto de supervivencia que tanto los ha ayudado para llegar al día de hoy lentamente va dejando de tener vigencia como escudo protector a medida que el hombre va acaparando más y más los territorios que hasta hace aproximadamente un siglo pertenecían a ellos.

Es suficiente con viajar por cualquiera de las múltiples rutas o autopistas de cualquier país del mundo para verificar que los animales silvestres son generalmente las mayores víctimas de la imparable “civilización” que invade y anula sus zonas de vida, no solamente destruyéndolas, sino también contaminando aguas, suelos, y aire. No veo tan lejano el día en el que un león africano, un tigre de Bengala o un canguro australiano, por dar tan solo unos pocos ejemplos, queden reducidos a simples curiosidades en algún zoológico en el caso de que todavía estén vivos, o embalsamados en algún museo en el caso contrario.

¿Qué ha sido lo más frustrante o difícil de sobrellevar en tu carrera como médico veterinario? 

Lo más frustrante fue, es y será la sensación de impotencia, la casi imposible misión de intentar cambiar en algo lo que dije en la pregunta anterior. En tanto y en cuanto el hombre continúe con su actitud materialista de desinterés por las necesidades más elementales del animal, más allá de verlo como un objeto de producción de bienes que producen dinero, me temo que lo expresado seguirá teniendo una vigencia permanente. Dolorosa, pero siempre vigente.

¿Cuál es el mensaje final de Luis Kishon?

A pesar de todo lo que he dicho, que puede sonar como negativo a ultranza, o pesimista crónico, creo ver en el final del túnel una pequeña lucecita, y espero de corazón que no sea el tren que se nos viene encima… 

Manifestación a favor de los derechos de los animales en Barcelona (España).

Lo que digo suena negativo porque la realidad es negativa. No obstante, en incontables países ya existen movimientos en pro del bienestar de los animales; muchísimas sociedades protectoras en el mundo han resuelto salir a actuar de diferentes maneras, educando al público, explicando lo que hasta ahora no fue explicado y haciendo que mucha información sea alcanzada.

Como parte de este esfuerzo mancomunado, he intentado sumar mi voz con un humilde aporte en forma de libros, con el objetivo principal de difundir mis experiencias, brindar algunos datos que podrán sorprender a muchos y probablemente asombrar a la mayoría.

Los progresos obtenidos hasta ahora permiten abrigar ciertas esperanzas que, ojalá, continúen creciendo y llegando a cumplirse, esperemos, muy pronto.

Puede adquirir los libros del Dr. Luis Kishon en Barnes and Noble y Amazon.