por R. Arosemena P. 
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Florida tienes razones de peso para sentirse optimista. Los economistas pronostican que, durante el 2018, el producto bruto del estado podría superar $1 trillón de dólares e incluso escalar durante el 2019, lo que reforzaría la posición de Florida como la 16ava economía más grande del mundo.

Además, la tasa de desempleo disminuyó del 8.8% al 3.9% entre enero de 2009 y marzo del 2018, superando los resultados del país entero en el mismo periodo de tiempo (7.8% en 2009 y 4.1% durante el primer trimestre del año en curso).

Con proyecciones de la Cámara de Comercio de recibir 6 millones de habitantes para el 2030, que representarían una ganancia importante para la fuerza laboral del estado y nuevos contribuyentes, todos deberíamos sentirnos cómodos con la idea de formar parte de un ecosistema cada vez más próspero. Sin embargo (y no celebro el hecho de que haya una objeción), aún queda un tema pendiente que preocupa a muchos, y tiene que ver con los niños.

En realidad, todo tiene que ver siempre con los niños.

Como sociedad, hemos adoptado la creencia basada en que “los niños son el futuro”. Es una frase común que hace sentir orgullosos a los padres y a los maestros, y no está mal proyectar la herencia colectiva de este modo, el problema es que quizás nos enfocamos tanto en planificar el mañana que olvidamos que los niños también son el presente.

Algunos encontramos sabiduría en la canción de John Lennon que dice que la vida es todo aquello que nos ocurre mientras estamos ocupados haciendo planes. Bien, pues los niños son lo que está ocurriendo ahora, son el presente (el más importante) … y puede que nos estemos perdiendo el show.

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El año pasado, un informe publicado por la Entertainment Software Association (ESA), reportó que el 67% de los hogares estadounidenses poseen y utilizan regularmente una consola de videojuegos. Hoy en día, el número de niños con acceso a juegos de video y entretenimiento en línea supera por mucho el número de personas de mi generación que podía permitirse un Atari o un Súper Nintendo. Para nadie es un secreto que vivimos en uno de los países más consumistas del mundo, y que darles cosas a los niños se ha convertido en un método habitual para compensar el poco tiempo compartido en familia, o la poca calidad del tiempo compartido.

Que Nielsen publique un artículo titulado “Los padres, los niños y los Smartphones” (2017) debería darnos una pista de cómo están las cosas y hacernos sentir, al menos, un poco menos orgullosos de que nuestros hijos de 2 años sepan cómo navegar en YouTube. No porque esté mal criar niños a la vanguardia de la tecnología, sino porque, francamente, ¿acaso no debería estar un pequeño de 2 años explorando el mundo y llevándose todo a la boca?

Parece que los niños de hoy en día aprenden a decir más rápido WhatsApp y Facebook que gracias y por favor. No quiero sonar pesimista… ¿pero qué clase de futuro tendremos con un presente así?

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Los Estados Unidos produjo en 2015 un millón de toneladas más en desechos electrónicos que China (un país con el 18.5% de la población mundial), y un estudio del mismo año encontró que los estadounidenses desechan cerca de $165 mil millones de dólares en comida en buen estado anualmente, ¡imaginen a cuántas personas podría beneficiar todo esto si fuera a un banco de alimentos y no a la basura!

La respuesta es 41 millones, de los cuales 13 millones son niños. 

¿Saben nuestros hijos esto? ¿Les estamos enseñando esto a nuestros hijos?

De acuerdo con Nielsen, el 45% de los niños obtiene un plan de telefonía móvil entre los 10 y 12 años. Aunque es importante que los niños aprendan a familiarizarse con la tecnología a una edad temprana, es preocupante pensar que quizás estamos haciendo las cosas al revés, que deberíamos dar más prioridad a comunicarnos en tiempo real con nuestros hijos, preguntarles cómo están, qué sienten, acompañarlos en el proceso de crecer. Después de todo, no es la ropa ni los juguetes lo que hará de ellos personas honestas, sino los principios que hereden de nosotros.

Como educadora, he dicho siempre que estoy a favor de un sistema educativo y de crianza basado en valores y habilidades para la vida antes que en logros académicos. Valoro la importancia de la competitividad, pero creo que podríamos tener mejores profesionales si nos ocupamos de tener, primero, mejores personas.

Lo que marcará realmente nuestro futuro será la calidad de la educación que demos a nuestros hijos en el presente, y alguien dijo una vez que es más fácil construir niños fuertes que reparar adultos rotos.