El arte, por definición y desde su concepción, refleja la realidad percibida por el autor en un momento determinado de su vida, condicionado por su posición económica y social, dejando algún comentario que funciona como el fin de la pieza.

El  arte, a su vez, nos va formando una cosmovisión, formas distintas de apreciar la vida y los eventos que suceden en ella mediante la exposición a los mensajes que esta conlleva. El arte puede cambiar vidas como puede consolidarlas. A veces ignoramos lo importante que es, y en esto dejamos pasar grandes trabajos como Roma, la última entrega del prolífico director mexicano Alfonso Cuarón.

Roma es una película de época, relata la historia de la sirvienta Cleo para una familia de clase media-alta durante los años 1970 y 1971 en la Ciudad de México. A través de ella, se cuentan varias situaciones de la realidad en una familia promedio mexicana de la época, haciendo énfasis en eventos como la fuerte represión del gobierno de Luis Echeverría Álvarez, quien somete a las poblaciones indígenas, manifestantes y mantiene a raya a gran parte de la población con violencia, pudiendo generalizar estas situaciones para el resto de países en Latinoamérica durante el siglo XX con distintas dictaduras, gobiernos de fuertes ideologías y graves divisiones en las sociedades de la región que aún se aprecian hoy en día.

Así, de la mano del gran talento que tiene Cuarón para sumerginos en su mundo, junto con una gran actuación por parte de todo el reparto y un excelente trabajo general, se construye un recuerdo vívido de una época no muy lejana, reconstruyendo un legado para algunos olvidados, y enseñando a los ajenos a este pasado retazos de una cultura cálida y rica.

El cine está lleno de historias que forman parte de un imaginario colectivo con el cual hacemos crecer nuestros valores y nos abrimos a distintas experiencias que no viviríamos de otra forma, y esto es lo que Roma hace a la perfección: una película que será recordada en años por venir.