por R. Arosemena P.
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El poder de los medios de comunicación es indiscutible, no en vano el filósofo Thomas Carlyle atribuyó a la figura mediática el nombre de Cuarto Poder o Cuarto Estado en 1841, un siglo antes de la llegada de Facebook y Twitter. Si Carlyle viviera en estos tiempos agitados, seguro coincidiría en lo espeluznante que se ha convertido la viralización de noticias falsas y el tremendo poder de influencia de las redes sociales en los votantes.

Ya decía el experto en propaganda del movimiento nazi, Joseph Göbbels, que una mentira repetida mil veces se convierte, inevitablemente, en una verdad. En la era del fácil acceso a la tecnología y las respuestas rápidas, uno creería que las personas se han vuelto más incrédulas, más reacias a dar por sentado todo lo que ven o escuchan; por desgracia, las noticias falsas siguen siendo tácticas de manipulación masiva muy viables hoy en día, e incluso podría decirse que Internet ha facilitado el acto de engañar a un mayor número de personas en un menor rango de tiempo.

Las redes sociales son el canal predilecto para la divulgación de contenido viral, es la popularidad lo que recibe atención prioritaria y no la exactitud o precisión de los datos. Esta ciber-ideología permite que las noticias falsas estén en todas partes, no existe forma de controlar lo que una persona escribe o comparte en la red. El filósofo italiano Umberto Eco lo llama “la invasión de los imbéciles”.

“Las redes sociales le dan el derecho a hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles”, dijo Eco al diario La Stampa en una entrevista publicada en 2015.

Además, el gran problema — según Eco — es que Internet ha ofrecido un ascenso al “tonto del pueblo”, otorgándole el poder de autoproclamarse “portador de la verdad”.

Una capacidad cognitiva inferior guardaría relación con una mayor tendencia a ser víctima de noticias falsas

Curiosamente, no todos los usuarios cibernéticos son vulnerables por igual a la prevalencia de noticias falsas en las redes. La revista científica Intelligence publicó en noviembre del año pasado un artículo que analiza los “efectos perniciosos de la desinformación” con base en factores de riesgo identificados por un grupo de investigadores de la Universidad Ghent.

De acuerdo con los resultados del estudio, algunas personas pueden tener más dificultades que otras para rechazar la desinformación; de hecho, cuando se pidió a los participantes del estudio clasificar a una persona ficticia con base en una serie de rasgos, las personas que obtuvieron una calificación baja fueron también quienes experimentaron mayor influencia dañina por desinformación, incluso después de saber que la noticia en cuestión era falsa.

Toa Heftiba

Todo parece guardar relación con la capacidad cognitiva para procesar, asimilar y discriminar información:

”En particular, las personas con niveles más bajos de capacidad cognitiva ajustaron sus actitudes en menor medida que las personas con niveles más altos de capacidad cognitiva. Además, para aquellos con niveles más bajos de capacidad cognitiva, incluso después de la desconfirmación explícita de la información falsa, las actitudes ajustadas permanecieron sesgadas y significativamente diferentes de las actitudes del grupo de control que nunca estuvo expuesto a la información incorrecta. En contraste, las actitudes ajustadas de aquellos con niveles más altos de capacidad cognitiva fueron similares a los del grupo de control”, explica el estudio.

Las noticias falsas no son nada nuevo en los Estados Unidos. El diario neoyorquino The Sun publicó en 1835 una serie de seis artículos sobre la vida en la luna, con unicornios y hombres murciélago. Lo que la APA (Asociación Americana de Psicología) recomienda a los usuarios es indagar en aspectos como la fecha de publicación de una noticia, cuántas veces ha sido modificada, quién la publica, cuáles son los intereses personales de la fuente noticiosa, quién es la audiencia, cuáles son las credenciales o respaldo del autor o editor de la noticia, la evidencia citada y el propósito u objetivo final de la información.

Normalmente, las noticias falsas son publicadas en sitios web con dominios sospechosos, carecen de un nombre de autor formal (periodista o editor), por lo que no hay forma de comprobar que se trata de una persona real, además, suelen carecer de evidencia confiable o credenciales periodísticas y a menudo buscan conducir al lector a una compra o suscripción.