Ya decía Amélie Poulain que “son tiempos difíciles para los soñadores”. 

En las noticias, se repiten titulares acerca del cambio climático, conflictos internacionales, hambruna y pobreza. Parece que la realidad reflejada en las pantallas y repetida en miles de hogares alrededor del mundo es derrotista, y que, sin importar lo que hagamos, nada es solucionable en última instancia.

Los talleres de emprendimiento y coaching parecen ofrecer una felicidad ilusoria a los jóvenes, temporal y fugaz, una burla momentánea a un problema generalizado: la constante inanición que nos guía sin sentido al final de los tiempos. Tal vez no un fin literal, apocalíptico, pero sí una ruptura en el corazón de la esencia humana, producto de una herida progresiva que pasa desapercibida en una cultura de consumo.

¿Hay manera de resolver esto?

Antes de responder, conviene detenerse primero y preguntarnos cómo llegamos aquí. Desde pequeños, hemos crecido a la sombra del viejo mito de la naturaleza humana, basado en un torrente de negaciones y justificaciones embusteras a desgracias mundiales.

Culpamos a la naturaleza del hombre de aquellos actos que no son concebibles bajo el prisma de la moral y la justicia. Hoy en día, hay más casas vacías que personas sin hogar, y aun así parece descabellado sugerir darles un cambio, un compromiso social para construir comunidades más equilibradas y unidas, núcleos sociales que no necesiten de la extorsión y la explotación de los más vulnerables para subsistir.

El ser humano, presunta herencia de la evolución, es desplazado día a día por una narrativa pasiva donde fuerzas ajenas al individuo “de a pie” controlan nuestras vidas y toman decisiones que influirán en el futuro de nuestros hijos y nietos. Más que vivir, pensar por cuenta propia se ha convertido en un privilegio en una sociedad donde sugerir algo distinto a las estructuras hegemónicas es mal visto, a pesar de ser completamente realizable.

La depresión y la ansiedad se normalizan como enfermedades modernas, y ahora resulta que se medica el malestar y no la causa del mismo. Se trata la enfermedad y no al enfermo, porque las personas han dejado de importar.

Puede parecer iluso, pero solo nos queda soñar. Soñar sin escrúpulos y sin lamentos. Soñar con un mañana mejor, a pesar de la “naturaleza” del soñador.