Por primera vez en la historia, es posible ver tantas opiniones y personalidades distintas circulando abiertamente en la red que el activismo cibernético está a la orden del día. De hecho, un gran número de youtubers e influencers han puesto su grano de arena para un mundo mejor “quitándonos la venda de los ojos”, exponiendo escándalos y problemáticas sociales que afectan a los grupos minoritarios y que seguirían pasando desapercibidas de otro modo.

Cuando un individuo es incapaz de desarrollar empatía (dígase la acción de reflejarse en el prójimo), tiende a concluir que muchos de los problemas que se denuncian en las redes sociales (Facebook, Instagram o YouTube) no son reales, no son de verdadero interés porque las instituciones encargadas “seguramente” están cumpliendo su trabajo de forma limpia y honesta. Así, se genera una idea errónea sobre la nobleza esencial y la fe ciega en los organismos gubernamentales, una actitud que peca de ilusa al obviar las preocupaciones de la población general.

Una frase del escritor Deron Hicks advierte:

“Mucho en este mundo no parece real. Creemos que estamos tan conectados hoy en día: teléfonos celulares, Internet y acceso constante a todo y a todos. Pero no estamos realmente conectados. Hemos olvidado lo que es real. Hemos olvidado cómo interactuar con el mundo que nos rodea. No solo para ver algo en una pantalla, sino para sentirlo, olerlo, saborearlo. Eso es realidad”.

Vivimos en un mundo irreal cuando aplicamos una selectividad innecesaria a lo que consumimos en las redes sociales y los medios de comunicación, cuando preferimos hacer oídos sordos a la injusticia y resignarnos a aceptar que “las cosas siempre han sido así”. Algunos lo llaman, irónicamente, transparencia: “ser transparente” y aceptar las cosas tal y como son.

El problema con la “transparencia” es que viene de la mano de una comunidad donde se figura una armonía pasiva y tóxica, embustera; donde se respira un ambiente de opresión que hace a los más vulnerables callar y pasar desapercibidos ante un sistema que los hace infelices.

Por supuesto, no es válido culpar al gobierno y mucho menos a la indiferencia de algunos; queda a cargo de nosotros no solo reevaluar nuestra posición sino discutir y difundir para dar una mejor bienvenida a todos los miembros de la comunidad.