En la década de los 70, fue publicada la obra “Orientalismo” de Said, un título académico que encendió una llama que fue ganando cada vez más fuerza y terreno con el paso de las décadas.

Hoy en día, cuando nos adentramos en el campo de los estudios sociales, culturales y políticos, se analizan estas tendencias residuales de cientos y cientos de años de historia, las dinámicas que ocasionaron y cómo luce el panorama en la actualidad.

En este contexto, el colonialismo refiere una actividad ejercida por un país o nación con el objetivo de manipular y gerenciar una cultura ajena a la autóctona, oprimiendo o coaccionando a los nativos de una sociedad que puede o no ser ‘virgen’, para que esta cumpla un rol de servidumbre exótica y ajena.

El colonialismo se puede ver reflejado en el racismo institucional y cultural presente en el día a día hacia las minorías, de las cuales se espera que cumplan un rol denigrante y dañino porque así –se supone– funciona la dinámica del conquistador y el conquistado.

El impacto negativo de la dinámica “conquistador-conquistado” explica un sinnúmero de eventos sociales perjudiciales que afectan principalmente a la minoría.

 

Los asiáticos: inteligentes y superiores; los negros: violentos y tontos; los latinos: pobres y trabajadores… todos estos estereotipos que se fundamentan en el subconsciente del individuo transforman su personalidad en una amalgama de cualidades que van dañando su imagen pública.

Estas relaciones necesitan ser estudiadas y criticadas, ya que en ellas encontramos explicación a muchos fenómenos sociales, como la homogenización demográfica en los suburbios americanos o la tendencia en jóvenes de piel negra a no saber nadar, también condiciones de explotación laboral latina o el abuso e irrespeto en los nativos americanos hacia su simbología, ritos y tradiciones.

No se pide un reemplazo de un sistema opresor por otro, solo facilitar el entendimiento entre todas las partes involucradas en un mundo más conectado y abierto a la vez.