por Américo Ramírez
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Este día para mí es muy especial, después de un año sin vernos, mi hija nos visita producto de un exilio forzado a consecuencia de la dictadura que sufre mi país. Somos una familia reunida físicamente otra vez, ya que jamás dejaremos de ser familia, con distancia o sin distancia, con libertad o dictadura, con salud o enfermedad, siempre seremos una manada.

La presencia de ella me permite trabajar doble turno, ya que podrá cubrirme para cuidar a su hermano mientras llega mi esposa del trabajo, eso sí, me insiste en que me lleve algún snack para el camino ya que me ve más delgado, le hago caso por complacerla porque toda la vida he sido delgado y creo que me iré de este mundo así.

Tomo un par de botellas de agua, unos M&M y un par de cupcakes y arranco mi segundo turno en el día tras el volante.

Son las 5:32 de la tarde del 23 de diciembre, las personas empiezan a hacer más evidente y efusivo su espíritu navideño, las nuevas formas de despedirse de mis pasajeros al bajarse del vehículo son “Happy Holidays” y “Merry Christmas”. Los buenos deseos abundan, es indiscutible como mejora la calidad humana de todos al vivir el mes de diciembre, el que no lo sienta así pasa de inmediato a ser miembro del club del Grinch.

La tarde muy movida, mi app no descansa, al terminar un ride tengo en espera a otro pasajero por buscar, Vicky está a punto de llegar a su destino, se subió a mi carro en una cadena reconocida de pollo frito que devoró como merece ser devorado ese plato tan delicioso. Al bajarse Vicky, solo chequeo que no haya algún resto de alita en el asiento trasero y evidentemente así es, la parte trasera de mi Toyota está más limpia que cuando inicié el día, Vicky aspiró literalmente su plato, solo me quedó abrir las 4 ventanas y usar aromatizador para combatir el olor a fritura.

Inicio la búsqueda de mi pasajero en espera, sé que su nombre es Chelsea, asocio su nombre con la hija del ex presidente Clinton, una chica sonriente y agradable, hoy una mujer. Identifico por su foto que es una joven atractiva, me dije a mí mismo que iba a ser un viaje agradable, la espera de la navidad alegra a cualquiera.

Mi ruta de Google Maps me acerca a una de esas cadenas de tienda que te bombardean con sus grandes opciones para recibir a Santa; para mí, el rompecabezas está armado: una tarde de trabajo agradable.

La aplicación me habla: “has llegado”. Mi cerebro hace match entre una persona y la foto, créanme: no es lo común y aprovecho para hacer un pedido necesario a los pasajeros, usen una foto en su perfil que los identifique realmente con su rostro actual y no el rostro de hace 15 años o libras menos. Si no lo quieren hacer, preferimos no coloquen foto, seremos más rápidos en encontrarlos.

No espero más para bajar el vidrio y llamarla con mi mejor sonrisa navideña por su nombre: Chelsea, de un segundo a otro, todo cambia, me responde con un “Yes” gritado, abre la puerta del carro y empieza a lanzar los paquetes de la compra con ira rebotando en el asiento trasero, unos caían al piso y otros terminaban saliéndose del auto por la fuerza de reacción, al vaciar su carrito de compras en el asiento trasero de mi auto terminó empujando con su pie el carrito de la tienda con una fuerza que impactó la pared.

Mi mente trataba de cotejar si alguna acción mía era la responsable de esa furia hecha mujer, nada, mi cerebro no computaba nada que implicara responsabilidad de mi parte. Al salir del parqueadero e iniciando mi viaje que por primera vez lamentaba que llegara casi a los 40 minutos, empecé a escuchar a Chelsea hablar con Jim y pedirle su dinero de regreso, era imposible no escucharla ya que esa era la forma de declararme inocente del origen de su mal humor. Si tuviera que transcribir la conversación de gritos sería algo así como:

Jim you are mother ##$%&&$%&!#$$%&&/(=)&%$ and $%&&#/=)(/&%$##&/ because ##$$$%&$%$%//()=?[=)//&% and “#%///&%$#%&/())==(&%$##U always #$&$””&$#$&&#$ Jim

Treinta minutos de camino pasaron en medio de un ambiente hostil que nunca había presenciado dentro de un vehículo, sin ser yo un participante. Chelsea termina la llamada y se queda callada, el silencio más perturbador que he podido sentir en mi vida. ¿Ustedes no se han puesto a pensar que no existe lugar más indefenso en todo el planeta que el asiento de un conductor con una persona violenta en el puesto de atrás?

Mi instinto de supervivencia me obliga a reaccionar y en la oscuridad del camino recuerdo mi bag con mis snack que mi hija me insistió que llevara, trataba de buscar y abrir mi bolsa sin movimientos bruscos pare evitar alguna reacción violenta de mi posible depredador, logré sacar los dos cupcakes, me armé de valor y le dije a Chelsea: “Share my snack whith me”, y en un primitivo inglés le intenté decir que gracias a los malos momentos se distinguen los buenos, no sé aún si mis palabras lograron formar esa oración, de lo que sí estoy seguro es de que mi mensaje le llegó.

Al entregarle su cupcake, chocarlo con el mío y decirle: “Cheers”, solo la escuché también repetirlo junto conmigo y desde mi retrovisor vi una indiscreta lágrima en sus ojos, mientras decía: “So sweet” y me pedía disculpas como unas cinco veces. Me preguntó si había entendido su problema, a lo cual contesté: “I didn’t understand anything just the bad words”. En ese instante, Chelsea no paró de reír hasta dejarla en su casa, donde ayudé a ordenar y bajar sus compras de mi vehículo. Al despedirse, no solo me deseo feliz navidad sino que había sido un gusto ser mi maestra de inglés de malas palabras.

Al regresar al camino, me reconcilio con la especie humana, llena de contradicciones y cambios, de risas y llantos, de aciertos y fracasos, de amores y desencantos, de lealtades y traiciones, y me acuerdo de una sabia frase que escuché en algún momento y que jamás ha dejado de estar conmigo: “por más delgada que sea la rebanada de queso, siempre tendrá dos caras”.

Chelsea hoy vio y vivió esas dos caras.

Amigos lectores, jamás dejemos de celebrar el estar montados en la montaña rusa más impredecible, que llamamos vida. ¡Hasta la próxima!