por Américo Ramírez
americoramirez71@gmail.com

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legó el 14 de febrero, un año más en que esta fecha mueve una gran industria comercial e influye en cada persona dispuesta a celebrarla tocando su billetera; algunos, tal vez de forma tímida, y otros, de manera que el monto gastado sirva de termómetro para indicar qué tan alta tiene la fiebre por su pareja.

Para nada estoy haciendo un reclamo sobre el contenido comercial de este día, por el contrario, cualquier forma en que se puedan demostrar las ganas de querer y ser querido son legítimas en un juego donde, algunos dicen, se vale todo, mi único señalamiento es que jamás podrás basar algo tan complejo y básico a la vez, como lo es estar involucrado en una relación, con los pormenores de San Valentín, un día que encierra en apenas 24 horas una especie de muestra o demo de lo que sentimos por otra persona y lo que esa persona siente por nosotros.

Así que hoy, otra vez, me toca ser el abogado del diablo, aplaudir, apoyar y fomentar cualquier forma de expresión que haga demostrar (genuinamente) el material del que están hechos los sentimientos más importantes sobre el planeta, y más aún siendo un driver, figura para la cual, en esta fecha, se disparan las ganancias de forma exponencial.

De modo que no me meteré ni con el santo ni con la limosna, y realmente espero que todos hayan pasado el día de San Valentín que sus expectativas imaginaron.

No tengo estudios ni de terapeuta de pareja ni de psiquiatra, tampoco de consejero sentimental, solo tengo dos títulos que sí me permiten opinar autorizadamente sobre el amor: el primero, que soy driver, no hay profesión más completa que la de un driver o la de un barbero o peluquero, ambos están capacitados y formados para hablar de todos los temas del mundo, desde teología de la liberación hasta el nuevo modelo de Ferrari, es una especie de hechizo intelectual que se activa al estar detrás de un volante.

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Cualquier forma en que se puedan demostrar las ganas de querer y ser querido son legítimas en un juego donde, algunos dicen, se vale todo.

La otra razón que me habilita para poder ejercer comentarios sobre el amor es que yo también soy un enamorado practicante, deliberante y protestante (porque en una relación se protesta de lado y lado) así que mi contribución a que San Valentín extienda su permanencia más allá de su hechizo de 24 horas para convertirse en un espacio más largo y ojalá que indefinido, es poder contarles un poco mi experiencia en el tema.

Primero, debemos definir qué es el amor. La mejor definición que he escuchado es la siguiente: “El amor es la alegría que me da la sola existencia del ser amado”. De ahí su universalidad, no segmenta en grupo, el amor se da y recibe a cualquiera, donde quiera y cuando se quiera, el mejor ejemplo de esta definición es el amor de un abuelo a un nieto: si el nieto es un bebé, aún no sabrá lo que es el amor hasta que tenga conciencia de que hay alguien que celebra y ama su solo existencia.

Es impresionante cómo hay seres que dicen amarse, pero su forma de hacerlo es imponer su criterio sobre el otro como muestra de control, una especie de macho alfa y, en muchísimos casos, hembra alfa, ya ahí el amor se transforma en posesión y eso puede requerir un exorcismo sentimental (debe existir un vampiro emocional y alguien que ponga el cuello, así que también hará falta un collar de ajo que ahuyente a los depredadores).

Aunque hablamos de la universalidad de este sentimiento, el tema de hoy es el amor entre la pareja y enlazo el concepto anterior a un punto que para mí es “de oro”, y que he aprendido a fortalecer por el dulce dolor de cabeza de ser padres de unas hermosas jóvenes que han empezado a vivir lo dulce y amargo del querer.

A ellas siempre les digo que el amor debe nacer de una pincelada de egoísmo. Les explico a los que han saltado sorprendidos al leer semejante “imposibilidad de conjugación”: en una relación, lo más importante es que tú seas el que se dé un gran regalo al compartir con el otro y, por supuesto, que sea esto lo que mueva también a nuestra pareja. Que tú seas un regalo para él o ella, si no es así, entras en el terreno de la complacencia.

Un elemento muy importante en el mantenimiento y crecimiento de una relación es que debes complacer en situaciones donde sea estrictamente conveniente, como los caprichos, deseos y travesuras (siempre y cuando ambos estén cómodamente de acuerdo). Lo que no debe ocurrir es que complacer se convierta en una exigencia permanente de uno de los actores, porque de ahí deriva un desequilibrio entre valores como el respeto, estrictamente necesario para amar.

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El amor debe nacer de una pincelada de egoísmo. Lo más importante es que tú seas el que se dé un gran regalo al compartir con el otro y, por supuesto, que sea esto lo que mueva también a nuestra pareja.

El respeto es imprescindible. Más allá del concepto que la mayoría tiene de él (tratarse de “usted”, por ejemplo)  hablo del respeto orientado a “ser iguales” a pesar de ser tan diferentes, haber tenido crianzas distintas, poseer costumbres e ideas distintas. Se trata de homogenizar lo heterogéneo y, por encima de todo, disfrutarlo. Esa es una muestra de amor.

pelear por ser el primero es ridículamente estúpido, échale ganas para ser el último y, por supuesto, cuida lo que tienes

Los celos es un tema complicado, requiere escribir enciclopedias al respecto, cosas que no pienso hacer acá, lo que sí debo decirles es que casi todos aprendimos a amar en sitios distintos, a personas completamente diferentes. Jamás se puede tener celos de eso, los celos son un retroceso; por el contrario, si amas a tu pareja y su forma de ser, el pasado seguramente contribuyó a lo que hoy disfrutas tú, pelear por ser el primero es ridículamente estúpido, échale ganas para ser el último y, por supuesto, cuida lo que tienes. Siempre alerta, pero sin asfixiar, porque podrías hacer el camino más corto a una ruptura por culpa de un fantasma que conviertas en realidad.

Para finalizar, les deseo una feliz vida en pareja, hoy sí les hablare de una pasajera que me ha acompañado conduciendo el ride de mi vida, nos ha tocado juntos mirar hermosos paisajes, llenar a través del tiempo los asientos de nuestro vehículo con nuestros hijos, nos hemos accidentado y, a veces, nos ha provocado hacer Droop off a nuestro ride, pero su valentía (de soportarme), su secreto para hacerse cada día más hermosa desafiando las leyes del tiempo y entender que somos dos que, en algunos momentos, nos convertimos en uno, nos ha hecho más fuertes, más sabios y más valientes para emprender nuevos retos e iluminarnos en la oscuridad por casi 25 años.

Es lo que deseo para todos ustedes en el amor, los 365 días del año y hasta que nos toque estar aquí, como inquilinos de este planeta.

¡Feliz Día de San Valentín, Gaby Figueredo, gracias por ser siempre mi Faro!