por Américo Ramírez
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No sé por qué todos los días de la semana poseen características particulares que afectan la emociones y el ánimo de las personas. El viernes en la tarde es como si recibieras una transfusión de sangre llena de adrenalina y energía positiva que te rejuvenece y aniquila en un instante todo el cansancio de una semana agotadora. Cuatro o cinco llamadas cómplices entre amistades terminan convirtiendo un viernes por la noche en una celebración tácita, se celebra con motivo o sin motivo, ¡pero se celebra! La ciudad nocturna se activa y, simultáneamente, también lo hacen las sirenas de quienes la protegen. Porque el exceso y el abuso son una invitación tentadora, pero tóxica, que hace que las cosas no siempre terminen bien.

El sábado es la continuación más madura de un viernes, un optimismo más sereno con pinceladas de libertad, mayormente al aire libre de un parque o de una playa. Para los más consumistas, sus tarjetas de crédito ejercitarán sus músculos financieros en un mar de tiendas entre los tantos malls que hay en el sur de la Florida antes de llegar otra vez la noche e intentar repetir con mayor o menor intensidad la faena del día anterior.

Los domingos por la mañana, la mayoría elevamos el cuerpo y el alma a nuestras creencias, no solo religiosas, también a las deportivas, familiares y al Dios del sueño: Morfeo.

En cambio, los domingos cuando comienza la tarde, la depresión va contaminando lentamente la felicidad de un fin de semana que en pocas horas se extinguirá, una especie de parque jurásico dominguero. Pesadillas por temores pendientes de lo que será nuestra próxima semana nos hacen dar vueltas en la cama, y no precisamente por exceso de pasión. Después del gusto viene el susto, es el biorritmo de los 7 días que componen nuestra semana, nuestra realidad 52 veces al año.

Pero me detengo en lunes por la madrugada porque mi historia de esta semana inicia aun en la oscuridad, con la luna de testigo y cuando el Sol no es todavía dueño de la ciudad. Cada lunes has perdido, pierdes y perderás todo conocimiento y práctica de lo que has hecho todos los lunes de tu vida, es un reset automático que se nos activa en algún lado. Todo se te olvida, el despertador no suena, no consigues tus materiales de estudio o trabajo, los niños no quieren dejar la cama a diferencia de las madrugadas cuando no hay escuela. 

“Cada lunes has perdido, pierdes y perderás todo conocimiento y práctica de lo que has hecho todos los lunes de tu vida”.

Steve activa mi aplicación de driver con la particularidad de querer hacer un uso compartido del viaje (un share). Para mí, eso tiene un significado inmediato: una “no propina segura”. Cuando recorro el punto de pick up que Steve indica en la aplicación, voy lamentando el pronóstico de un ride sin tips, un augurio más exacto que una formula matemática:

“quien quiere dividir, jamás sumará (y menos a mi bolsillo)”

Cuando Steve sube a mi vehículo, se activa el pedido de mi segundo pasajero, Ashley, y Google Maps me indica el camino para buscarla e iniciar nuestra travesía cotidiana. Poco después, ya estamos juntos todos, pasajeros y conductor, camino y destino. Cuando Steve rompe mi equilibrio emocional y me dice “I,m late!”, mi hemisferio cerebral izquierdo –que es quien maneja la lógica y la razón de mis acciones– se activa de forma poco gentil y arroja un análisis de la situación: “¿Quién en su sano juicio, estando retrasado para una cita, pide un share o viaje compartido?”. Otra parte de mí responde: “Un optimista avaro”. Hago una pregunta a Steve y a Ashley: “¿a quién llevo primero?” Ambos se consultan y la cara de tristeza de Steve admite su derrota. En cinco minutos, Ashley está en su trabajo y deja de ser parte de esta historia.

Steve, de una forma más compasiva, me dice que debe llegar a las 6:30 a una reunión. Mi vocación de servicio no se niega a intentarlo, pero estando en Lantana un lunes de estrés a las 6:04 AM es casi imposible llevarlo 10 salidas al sur en media hora. Para poner la cereza al pastel, escucho a Steve discutiendo en una llamada para que encuentren su Social extraviado, otra mini catástrofe típica de un lunes en la mañana.

Su nueva preocupación hace que preste menos atención al camino, y yo, convencido de que no pienso poner en riesgo mi seguridad o la suya, ni tampoco mi licencia de conducir, y que no vine a este país a violar ninguna ley, decido aplicar una estrategia. Cuando la app me dice que estamos en la I 95, miro a Steve por el espejo retrovisor y confirmo que no está prestando atención al camino, así que hago un cambio de canal semi brusco innecesario y comienzo a acelerar impulsivamente sin razón, freno de manera tosca adrede, profiero alguna que otra mala palabra a un conductor imaginario y, con esa puesta en escena en el asfalto sin rozar ninguna violación a la seguridad vial, la suerte y el tráfico nos hace llegar solo 4 minutos tarde, algo constitucionalmente permitido en un lunes de locos.

Steve baja de mi vehículo muy agradecido por lo que el considera un esfuerzo de Fórmula 1 –aunque, en realidad, es mi habilidad actoral lo que se destaca al 100%–. Aun así, el buen Steve no rompe la fórmula matemática perfecta: un share jamás da tips.

Me despido otra vez mis pasajeros imaginarios, esperando que viajemos la semana que viene a través de “EL Faro” para vivir otra aventura. Y por favor, atiendan mi consejo: si vas tarde a una cita, no elijas el share.