por Américo Ramírez
americoramirez71@gmail.com

 

Cinco de la mañana del domingo 15 de noviembre de 2018, voy conduciendo en la oscuridad hacia el este sobre Forest Hill Blvd en mi Toyota Corolla blanco. Está limpio, mejor dicho, impecable, vestimenta pulcra, mi apariencia aseada mas no mejorada (los milagros llevan un poco más de tiempo) lunch, snacks y bebidas listas, accesorios electrónicos sincronizados y, por supuesto, una emoción similar a la que todos sentimos de niños antes de nuestro primer día de escuela.

Al activar por primera vez mi aplicación de driver, todo se resumió a eso: una primera vez. Como siempre, hay una en tantas cosas de la vida. Entre el tiempo que tardó el estar disponible mi servicio al momento en que recibí mi primer ride, pasaron solo 4 minutos; tiempo suficiente para preguntarme cómo llegué aquí. Un año atrás, mi vida era otra, totalmente distinta: pasé de ser dueño de mi propia empresa en mi país –al que le roban la libertad todos los días– a ser un taxista en un país donde se ejerce y defiende la libertad.

Esa es una de las razones por la que millones de personas en el mundo deciden despojarse de su estatus de ciudadano incompleto, lleno más de sacrificios que de recompensas, para iniciar una larga cola de tiempo, incertidumbres y esperanzas que nos lleven a un camino lleno de estaciones y estatus para tener la opción de ser ciudadanos, no solo de hecho, sino también de derecho.

Lo que llaman coloquialmente el sueño americano.

También, en esos 4 minutos, me inundaron miedos anticipados sobre los riesgos de mi nuevo trabajo si lo hubiese tenido que hacer en mi país, donde la tasa de muertes violentas es superior a la de muchas naciones que mantienen conflictos armados. Más de 15 homicidios por día, y un taxista es gran parte de las fatídicas estadísticas.

Inmediatamente después de ese miedo anticipado, mi cerebro me responde:

“Américo, cámbiate el chip, estás en un lugar muchísimo más seguro. Haz el favor de dejar de hacer esos saltos geográficos de 2000 millas de distancia en cuestiones de segundo, me vas a volver loco…”

Así se dan cuenta, amigos, que tengo un cerebro regañón que maneja la lógica y la razón para compensar los impulsos emocionalmente libres y desinhibidos que –estoy seguro– no hacen conflicto únicamente en mí.

“Mi sorpresa es que George está acompañado de cuatro amigos más”.

Mis reflexiones reales e irreales son interrumpida por un cambio electrónico, mi app se enciende con un sonido que implica una presión auditiva de cuenta regresiva: lo tomas o lo dejas. Todos mis sentidos están en alerta y actúan para aceptar la notificación y solicitud del servicio, la aplicación me indica que debo buscar a George y debo dejar Forest Hill para cruzar en Military y luego tras avanzar 1,3 millas hasta llegar a mi lugar de pick up.

Mis ojos no dejan de mirar el mapa de Google, que fue muy considerado para un novato un poco reñido con las innovaciones tecnológicas. Pronto llego a una gasolinera, donde George me indica gestualmente que él es el pasajero. Mi sorpresa es que George está acompañado de cuatro amigos más, todos muy parecidos en tamaño y estatura a cualquier miembro de cualquier equipo de la NFL.

Mi Corolla ahora parece un diminuto Fiat 500.

De pronto, recuerdo mi poco dominio del inglés, situación que cada día empeora y me preocupa (no porque no pueda aprender rápidamente, sino porque el español se me está olvidando). A lo mejor, a mi esposa se le está cumpliendo el deseo para que no hable tanto.

Inicio junto al ride una nueva etapa de mi vida. El viaje dura un poco más de 20 minutos desde la gasolinera hasta la salida 59; la I 95 me hizo un trayecto más largo de lo habitual por tantas cosas que invaden mi mente: hacerlo bien, estar pendiente del camino, atender las indicaciones de la aplicación… pero ganan las emociones, y en especial el miedo.

Al llegar a la salida 59, el temor se intensifica: Google me da indicaciones para girar en un lugar bastante solitario que combina perfectamente con la oscuridad que precede la salida del sol. Parece una película de terror. De repente, la app anuncia “has llegado” y George inmediatamente contradice la aplicación y me dice “go straight”.

Esa frase no tiene barreras de idioma, la entendí claramente. Cada intento por tratar de explicar que debo obedecer las indicaciones se desvanece por la superioridad numérica, por la barrera del idioma y por mi imaginación desenfrenada, que me ubica en los titulares de Telemundo: ‘Desaparecido driver en su primer ride’. 

“Google me da indicaciones para girar en un lugar bastante solitario que combina perfectamente con la oscuridad que precede la salida del sol. Parece una película de terror”.

No me quedo otra, sigo las indicaciones de George por más de media milla. Lo escucho decir “Left”, y ese giro a la izquierda me revive la confianza y me aniquila automáticamente los miedos. Estamos entrando al parqueadero de los camiones de recolección de basura del condado de Palm Beach.

George sentencia mi tranquilidad: “leave me here”, a lo cual contestp como si mi inglés fuera el más fluido del mundo: “perfect, George”.

Al bajarse todos los pasajeros, mi equipo imaginario de la NFL, se despiden efusivamente de mí… casi rozando una línea afectiva, como si hubiésemos atravesado el país juntos. Creo que, de alguna forma, a ellos también les invadió esa rara atmósfera de inseguridad que caracteriza una primera vez.

La app me indica: “Drop off”, y al segundo me dice que he ganado mis primeros $16 dólares en este país, más $2 dólares de tips para mí, que resultan ser más valiosos moralmente que los $16.

Siento que contribuí de alguna forma, ese primer día, a que Palm Beach estuviera limpio para mi trabajo. Cada vez que veo a estas personas en su gran camión limpiando el condado, los respeto y admiro, porque trabajan de madrugada para que todos, al despertar, encuentren una ciudad limpia.

Al hacer el Drop off con George, también debo hacerlo con ustedes, estimados lectores. Si les gustó, la próxima semana estaré en la estación de El Faro esperando que se suban a mi vehículo y viajemos juntos rumbo a nuevas anécdotas y experiencias que solo ocurren tras el asiento de un driver.