por Américo Ramírez
americoramirez71@gmail.com

Para nadie es un secreto, todo lo contrario, es un hecho notorio la actual situación del tema migratorio que vive hoy en día este país, la agenda del gobierno, de las instituciones, los medios de comunicación, los partidos, las organizaciones de ciudadanos, de ambos lados de la soga. En fin, toda la nación se encuentra sumergida en un mar de opiniones que tiene dos costas, cada quien nadando a la playa de su ideología sobre el tema sin percatarse que puede existir una gran isla en medio del mar turbulento, un pedazo de tierra que, si por lo menos no trae consenso o acuerdos, puede sugerir un tiempo para razonar sin cansancio y sin desgaste para todos.

Yo, Américo Ramírez, siempre he sido un hombre de no estar cómodo en el centro de los temas, situación que me ha traído más problemas que soluciones, y que han padecido los que siempre han estado a mi lado, pero así es mi forma de ser, un gen rebelde que a menudo puede discutir hasta cinco segundos con el tipo que está frente a mí afeitándose la cara antes de notar que es mi propia imagen reflejada en el espejo.

De esto no estoy orgulloso, pero sí trato de examinar que la justicia esté del lado de mi causa para luchar hasta el final, si no posee esas características (el fundamento de razón y la justicia) no tengo problema en hacer el esfuerzo por modificarla e incluso abandonarla. Por tal motivo, mi gen conflictivo me da una patente moral para ubicarme ante los temas como una especie de centauro (ser mitológico griego mitad humano y mitad bestia), una idea híbrida sumando lo bueno que pueda existir en ambas propuestas y rechazando lo malo de ambas posiciones.

La razón de esa ambivalencia es que vengo de un país que recibió, durante todo el siglo XX, a más de 5 millones de inmigrantes: italianos, españoles, portugueses… todos huyendo de la Segunda Guerra Mundial. Colombianos escapando del terrorismo ocasionado por bandas armadas, ecuatorianos y peruanos salvándose de la pobreza, argentinos y chilenos exiliados por la dictadura, estadounidenses levantado la infraestructura petrolera, chinos buscando el respeto a sus derechos humanos… Esto trajo como consecuencia que mi nación tuviera niveles de crecimiento en el siglo pasado jamás vistos en un país latinoamericano, de ahí la grandeza que, sin los inmigrantes, jamás hubiese ocurrido.

Cuando vino el cambio de siglo, todo el mundo lo hizo al XXI mientras que nosotros cambiamos al siglo XIX, porque preferimos optar por una ideología que tiene seguidores, pero que nunca ha mostrado resultados: el socialismo. Hoy, más de 3 millones de coterráneos estamos en todo el mundo como inmigrantes tratando de enriquecer nuestra nueva dirección, como décadas atrás lo hicieron los extranjeros que nos ayudaron a ser una gran nación.

La inmigración bien llevada es riqueza, jamás será pobreza. 

Me disculpan mi extenso prefacio para contarles que un martes en la mañana el reloj rozaba las 9 de la mañana, ya dos horas de trabajo me habían hecho tomar la confianza de que vale la pena madrugar. Había tenido una amena charla con Jazmín a través de lo que yo llamo “el encuentro de dos idiomas” (Jazmín intentado el español y yo el inglés), así habíamos logrado acercar nuestras ideas y sonreír por 5 minutos, compartiendo el antídoto perfecto para los malos momentos.

Mi app se activó entonces y apareció la nueva solicitud de mi servicio, es María quien lo requiere, está a unos 7 minutos de mi ubicación, pero el tráfico hacia Riviera Beach no es nada fácil. Entonces decido hacer una llamada de cortesía para decirle que creo que tomará más tiempo del anunciado por la app el llegar, al hacer la llamada cometo mi primer strike: “María, feliz día, ¿tú hablas español?”. En un tono nada amable me responde: “¿Why do you call me if you’re not here yet?”

Maté dos pájaros de una pedrada: ni hablaba español ni su humor se había levantado con ella esa mañana.

Americo: I’m on my way. 

Ya el método del encuentro de dos idiomas usado con Jazmín minutos atrás había visto el desencuentro con María, los 11 minutos que me tomó llegar al punto de pick up, me dieron la oportunidad otra vez para que mi cerebro trabajara: pensaba en la virgen María, las tres Marías de Thalía Marimar, María Mercedes y María la del barrio, María Magdalena, María Félix, María Conchita Alonso, María Alejandra Requena, María Elvira Salazar, María Antonieta de las Nieves “La Chilindrina”, Eva Perón se llamaba María Eva, Física, Química y Matemática: las tres Marías de secundaria, la Sra. María (esa ancianita dulce que nos inyectaba de niños, y debo admitir públicamente mi vergüenza cada vez que me inyectaba por mi temor a las agujas, ya que recibía desmerecidamente mis insultos)…

No hay nada que identifique a nuestra Latinoamérica con nombre femenina como lo Marianos que somos, pero de todas formas había sido un error, uno muy sencillo de cometer.

Virgen María / Cortesía de Pixabay

Al llegar a la búsqueda me detiene la luz roja en la 45th St, ya para cruzar a Broadway Ave ,y el tiempo que me da el semáforo lo aprovecho para identificar a mi tan esperada María. Entonces compruebo en su fisonomía los hermosos rasgos que dan ser hijos del mar Caribe, apenas minutos antes de llegar el segundo strike que pusiera en jaque nuestra relación rider-driver.

Al semáforo cambiar a verde, María pretende montarse en mi carro justo en la esquina, sin importarle que atrás había no menos de 5 carros, entre ellos una patrulla de Sheriff que iba a quedar obstaculizada solo para que ella pudiera cumplir su objetivo. Sin pensarlo dos veces, la dejé como novia de pueblo: vestida y esperando. Tuve que dar vuelta a la manzana y ubicarme en un lugar seguro para que subiera a mi carro.

Ya iniciando el ride, fui yo quien se adelantó a colocar al ambiente el tono adecuado de educación, pero las sweetmilles de María estaban en un puntaje bajo. Le dije: “It’s no safe subirte en la esquina”.

Ella entendió mi advertencia o el tono en que se la di, mi mensaje le llegó. María me pidió, con su escaza simpatía y presumo que con la intención de minimizar mi warning, que tenía calor, que colocara más frío el aire acondicionado, lo que hice con el mayor de los gustos.

En una tensa calma transcurrió la distancia que nos separaba de su punto de llegada, un pacto de no agresión tácito, pero el tercer strike estaba a punto de llegar. Al cruzar a su destino, identifico que es un hotel de una cadena reconocida con barreras de control de acceso y seguridad, María me pide que las ignore, que a ella la conocen, lo cual me negué rotundamente a obedecer, y ya sospechando que sí entendía algo de español, se lo dije contundentemente claro: “A ti te conocen, pero a mí no”. Me detuve ante el oficial de seguridad, bajé ambos vidrios, el oficial me intentó preguntar mi destino, el cual interrumpió al ver la cara de María y me dejó seguir el camino.

No faltó poco para el contraataque de mi pasajera conflictiva, en perfecto español, me dijo: “Te dije que me conocían”, y yo aproveché para repetirle con más énfasis: “A ti sí, pero a mi carro y a mí no”, y al verse descubierta por esconder una lengua tan rica como el español (que, deduje, le avergüenza) se irritó tanto que me dijo: “I do not want to talk to you anymore”. Respondí amable y casi cínicamente: “Gracias, Maria, me haces un favor”. 

Por fin llegó el drop off y María se bajó. Entonces le dije lo que siempre he dicho, sigo diciendo y seguiré diciendo: “María, you have good day”. Ella me ignoró y se aseguró de estar lejos de mí para decirme de manera déspota: ¿Why are you comming to this country without knowing English?

Mi mente respondió: “lo que tú digas, María Washington” (recordando el apellido de los padres fundadores de esta nación). 

Inmediatamente, en el mismo estacionamiento del restaurante del hotel donde dejé a María, procedí a calificarla en 2 estrellas de 5, así jamás podrá volver a subir a mi vehículo. Después llamé a mi empresa de ride, y al narrarle la historia de este driver, me preguntaron si María me había agredido físicamente, a lo cual contesté que no, que solo había sido lo agresiva de su actuación. La empresa me pidió disculpas por el mal momento que había pasado y me reafirmó de su política de tolerancia cero a la discriminación por cualquier motivo.

Agradecí su apoyo, y les hice saber que nunca me sentí discriminado. Después de un año en este país recibiendo excelente trato de todos los conocidos y desconocidos con quienes he interactuado, sería un acto de ingratitud de mi parte para con la gente educada de este país considerar que María me hubiese discriminado, todo lo contrario, presumo que ella sí pudo haber corrido con esta mala suerte y, por ende, esconde su hermosa diversidad de ser una estadounidense con sangre latina, bilingüe.

María solo estaba de mal humor o con problemas que se atravesaron con este driver y no tuvo otro canal para expresarse que identificando a un posible culpable de todo: el inmigrante.

Gracias a todos los que nos han hecho sentir cómodos a mi familia y a mí, caminar y vivir en Palm Beach con la frente en alto y cada día queriendo más a esta mágica ciudad.

Nos vemos en una próxima entrega de El Faro.