por Américo Ramírez
americoramirez71@gmail.com

Tu crédito en este país encierra la clave del éxito en el plano económico. En mi tierra, se dice que ni el carro, ni la mujer ni el cepillo de dientes se prestan; aquí hay que agregar el crédito.

Para empezar, al llegar a los Estados Unidos, no tienes crédito alguno, eres una especie de ser disfuncional en el plano económico, solo con el tiempo y tus decisiones financieras dejarás progresivamente de ser un gasparín para comenzar a ser visible y tomado en cuenta en la rueda de la actividad económica.

La primera insistencia de mis conocidos y familiares al llegar aquí fue que, luego de tener tu primera tarjeta de crédito y pasar un tiempo con ella, es bueno adquirir la deuda por un automóvil para comenzar a hacer, con el tiempo, un buen crédito. Tomé la decisión y el banco me aprobó un crédito con una tasa de interés nada despreciable.

Pues nada, llegó el momento de buscar al cómplice que me ayuda a escribir “Historias de un driver”, el Rocinante para este Quijote de segunda división. Es domingo por la mañana, pienso que el día más especial para disfrutar la emoción en familia de buscar a tu acompañante de carreteras.

Al llegar al ‘dealer’, ubicado a 63 millas al sur de mi punto de partida, porque es el recomendado por un conocido, veo que la cantidad de automóviles no es normal: los hay en el techo, de todos los colores, todos los modelos y todos los precios; esa visión te hace pensar: “esto es pan comido, uno de estos es el mío, imposible que se acaben”.

Ya en la recepción del local, pregunto por un vendedor que me recomendaron, que es amigo del amigo del tío de un amigo, y que, me aseguraron, me va a atender como si yo fuera su hermano. Bueno, esa afinidad de parentesco es relativa, porque creo que él me consideró como hermano al ser todos hijos de Dios. Al preguntar por el que iba a ser mi hermano, y quien me conseguiría un buen trato, sucede que no lo encuentran y después de media hora se confirma su ausencia en el sitio.

Sin conocer a mi hermano, ya lo había perdido.

Me llegó otro vendedor que se presenta como el asistente de mi hermano perdido, es decir, una especie de hijo de mi hermano. En fin, en ese momento me atendería mi sobrino, y sabiendo que yo sería su tío, me iba a atender muy bien, incluso mejor que su padre, o sea, mi hermano perdido.

Entonces pensé: “¿Qué sentido tiene que me atienda mi supuesto hermano si mi sobrino me atenderá mejor que él?”

El ambiente poco a poco va perdiendo algo de emoción, mi nuevo sobrino se llama Eduardo y, la verdad, fue muy atento en el trato y eficiente en su información. Procedemos a buscar el vehículo que sería de ahora en adelante parte de nuestra foto familiar; entramos a un ascensor que nos lleva a un edificio de estacionamientos gigantescos, después de otra media hora, conseguimos el lote de donde provendría mi futuro automóvil. En mi mente, siempre áspera y con un humor bastante oscuro, pensé: “Menos mal que no trabajan en una maternidad, entregarían bebés a padres equivocados a diestra y siniestra”.

Five Assorted-color Cars Parked Inside Room / Cortesía de Pexels

Al final, mi equipo familiar (el verdadero) se sumó a la búsqueda de un Toyota Corolla. Mi sobrino putativo, Eduardo, no tenía la brújula muy bien calibrada. Mi hijo se entretenía con todos los colores menos el blanco, mi esposa veía los modelos superiores al Corolla: Camry, 4Runner, Rav, etc., en otras palabras: ninguno de los que íbamos a comprar.

Yo buscaba guiándome con el modelo y color correcto, pero fijándome en el cartel que reflejaba el precio: el menos costoso era el que tenía que ser. En un preciso destello de luz que atraviesa mi mente, le pregunto al hijo de mi hermano desaparecido: “¿Qué tal, Eduardo, si activas la alarma y llegamos al vehículo?”. Esto obliga a mi sobrino temporal a admitir algo que no quería hacer en ese momento, y dice: “el modelo que ustedes quieren no viene con alarma”, otro desencanto de magnitud media que embarga un planificado domingo especial.

Luego, nos llegó el Bingo: conseguimos el tímido vehículo. Al verlo imponente, mudo por no tener alarma, pero imponente, los signos vitales de la salud de las expectativas del día se estabilizan. Eduardo nos invita a revisar el carro, lo cual hacemos cometiendo otro error, entendible, pero error al fin: hacemos la revisión con ojos de admiración y no de supervisión y control de calidad. Es como el novio o novia que ve a su pareja con ojos de amor, pero en realidad es FEO. En el caso de mi carro, tenía micro detalles (aún siendo nuevo) que pasaron inadevertidos.

Al transcurrir los 25 segundos, más o menos, de tiempo disponible para chequear el carro, nuestro vendedor nos invita a hacer el test drive, el cual consiste en bajar del quinto piso del estacionamiento a la entrada principal del  dealer. El resultado de la observación de esta prueba fue que el aviso de llantas vacías estaba encendido, nada grave que resolver. Al tener ubicado el vehículo y precio, empieza la negociación, que no tenía sentido para mí porque llevamos una carta del banco donde ya nos habían dado el monto aprobado, y el precio acordado y las cuotas exactas del pago. Pero igual, si mejoraban el precio, menos deuda y cuotas más bajas. Eduardo dice que el auto cuesta más de lo que el banco aprobó, porque debemos sumar impuestos de ley, comisión del dealer, chapas (placas) y otros cargos superfluos que inventaré… Algo así como impuestos a la preservación del águila calva, fondo para los futuros huracanes del 2025 al 2035, ayuda al comité de bienvenida cuando lleguen los extraterrestres y cosas afines.

El cargo que hacía aumentar el precio del vehículo y que más me sorprendió fue uno que se llama: garantía extendida, y consiste en pagar más dinero para cubrir sin ningún costo cualquier desperfecto del motor o la transmisión cuando se presente. Ante esto, protesté de inmediato y le dije: “¿O sea que este carro no tiene garantía?”Inmediatamente me respondió mi vendedor sobrino: “Sí, claro que la tiene, esta protección es suplementaria”, y de regreso le volví a contestar:

Eduardo, si mi vehículo en 5 años recibiendo mantenimiento al día presenta algún problema mecánico de ese tipo, simplemente te lo devuelvo, ¿para qué voy a querer una garantía que voy a pagar hoy y entrará en vigor cuando se extinga en 5 años la garantía original de fábrica?”. 

La lucha entre unas personas detrás de una computadora con gráficos y números y mi persona hizo que Eduardo tomara el papel de un FedEx interno de propuestas y contra propuestas que iban y venían, y creo que lo hizo adelgazar un par de libras. Al finalizar la batalla comercial, conseguimos el precio por debajo del préstamo del banco, sin ningún cargo estrafalario y con unas alfombras de regalo, lo que estuve también a punto de protestar porque el regalo evidenciaba que mi carro venía sin alfombra. 

Decidí tomar el regalo con un gesto de agradecimiento simulado. Al ver a malrededor, noto que mi esposa está desde hace un par de horas en un cómodo sillón chateando con amigos y familia, poniéndose al día en todas las redes sociales, igual mi hijo. Es una de las pocas veces que doy gracias a Dios por la existencia de los electrónicos, un aliado para soportar este vía crucis automotriz.

De repente, alguien pone su mano sobre mi hombro y saluda con gran aprecio. Era mi hermano perdido. Creo que la causa de su fuga del horario de trabajo fue un sábado nocturno bien alegre, me pidió disculpas y me preguntó qué tal me estaba atendiendo su asistente, a lo que respondí con la verdad: “Muy bien, lo has criado muy bien”. Me insistió en que ahora él podía terminar su trabajo, a lo cual me negué rotundamente: “El trabajo ya Eduardo lo terminó”, le contesté,”si hay algún problema, te aviso”.

No dejo de hacer mi reflexión interna para auto evaluarme, y me sorprende la capacidad monumental que tengo para enviar al carajo a mis hermanos, pero aquí rompí el récord: solo 5 segundos, un posible nuevo síndrome de Caín Abel.

Cuando creo que todo está en buen camino, me dicen: “Ahora, pasaremos al financiero”. Todas las leyendas que me habían contado invaden mi cabeza: sobre quiénes son las personas que desempeñan esa función… incluso algunos de mis conocidos usaron calificativos nada amables, es como ir con un dentista al que no le gusta utilizar anestesia, o una esposa molesta en medio de un divorcio.

Entonces me dije: “¿Qué poder puede tener alguien que es igual que yo, al final esto no quiebra huesos”, y es cierto, no quiebra huesos, pero sí puede quebrar tu presupuesto.

Eduardo llega con unos papeles para que los firme, a lo cual me negué, ya que al llamar al banco me recomendaron que la carta emitida por ellos era lo único que necesitaban. Otra vez, a mi sobrino le toca caminar más que mascota extraviada entre un “sí firmo” y un “él debe firmar”. Casi dos horas después, voy empezando a entender que la estrategia psicológica de la espera surte efecto en el estómago de mi esposa; empieza la presión familiar del cansancio y fastidio, y regresa el vendedor con un argumento cierto: mi carta del banco tiene una discrepancia entre mi nombre y el que aparece en mi licencia, la inicial de mi segundo nombre en la carta no hace match con la licencia.

En teoría, no somos la misma persona.

Ahora llega mi jugada fatal: esperar hasta el lunes para ir al banco y enmendar el nombre o firmar el documento de la discordia. En eso, aparece mi hermano otra vez y me dice que firme, que todo quedará igual o mejor. Bueno, me lo dice el amigo del amigo del tío de un amigo que me encomendaron como hermano, así que firmé.

Cuarenta minutos más tarde, entro a la oficina del financiero, una persona amable pero que resultó ser implacable al momento de poner el balón de su lado de la cancha. Mi imaginación sobre el árbol genealógico de la gran familia ficticia que hicimos ese domingo imaginaba al financiero vestido de Darth Vader, y su respiración particularmente ruidosa diciéndome: “Yo soy tu padre”.

Darth Vader / Cortesía de Pixabay

Después de un respetuoso saludo, y ver a mi esposa y mi hijo con unas ojeras emergentes y el estómago crujiendo porque las donas, el agua y el café se habían agotado, le pregunto: “¿Por qué la mala fama de ustedes, los financieros?”. Me contestó como un manso cordero que no estaba enterado de que las personas pensaran eso, sabía que eso no mejoraría los ánimos, pero sí quería que supiera que trataba con alguien con un concepto preestablecido de lo que podía pasar en esa oficina y fue lo que realmente sucedió.

Este señor me dice que mi crédito fue negado por el mismo banco que me aprobó la carta, aún así, con una conversación que tuvo con mi banco, me dijo que me llevara el vehículo y que canjeara la carta por un cheque, que ellos lo mandarían directamente al dealer, y problema resuelto.

Toyota Corolla en nuestras manos, el ánimo sube y el cansancio baja al percibir el aroma de auto nuevo. Me distorsiona el abrir la puerta del carro como lo hacía mi padre cuando éramos niños, con una llave, y mi mente inquieta se burla de mí imaginando a mi tatarabuelo dándole vuelta con una manilla desde el frente del coche a finales del siglo ante pasado, esperando que encienda por combustión interna.

Con las llantas medio vacías, nos insistieron tomarnos una foto con nuestra nueva y flamante adquisición. En realidad fue una foto familiar porque en ella estuvo mi hermano, mi sobrino Eduardo, mis primos, encargados de tratar de subirme el precio… el que faltó fue Darth Vader, creo que no estuvo de ánimo para el recuerdo familiar debido a mi sinceridad respecto al concepto que me habían referido sobre los financieros.

Lunes en la mañana, voy al banco con mi asesor financiero para canjear la carta por el cheque, no sin antes contarle la odisea de lo que fue ese domingo de locos. Me dice que no hay problema y que lamenta lo sucedido; empiezan el asesor a hacer llamadas una tras otra, veo que el tiempo corre y sigue en averiguaciones telefónicas y personales con otros asesores bancarios. Luego, la mala noticia: al ignorar la carta y pasar una nueva solicitud de crédito (sin yo dar mayores datos), y al ser rechazada la carta, ya no vale.

El asesor del banco llamó al financiero y le profirió unas palabras tan contundentes, por no llamarlas groseras, que yo solo veía la vena de su frente palpitar a punto de estallar. Pasaron 15 días solucionando la adquisición de este vehículo, ahora aún más especial, con una carta de aprobación a menos del 3% de interés.

Entré con un puntaje de crédito muy bueno, después de quince días, salí con el 16% de interés: 60 puntos menos de crédito y una cuota casi el doble de lo que originalmente me aprobó el banco.

Mi última experiencia con un dealer fue muy distinta a la anteriormente expuesta: un vendedor llamado Juan que, sin pretender ser familia adoptiva, se comportó ética y profesionalmente a niveles muy altos, unos analistas de precios que sabían que el mejor negocio era ganar-ganar (aunque igual discutimos precios, ellos hacia arriba y yo abajo) y un financiero que no se salvó de hacerle mi indiscreta pregunta sobre la fama de su trabajo, a lo cual respondió que su primer día como financiero estaba tan asustado que parecía que iba a su primera entrevista de trabajo. Para rematar, tuve una bienvenida personal de parte de uno de los dueños del dealer, en gratitud por haberlos preferido para hacer negocios.

En contraste, desde hace varios años, comprar un carro en mi país natal es jugar una especie de Jumanji: no hay carros y, si los hay, los compran primero los gerentes de los dealer y los venden en la calle del frente al doble de su precio original.

Las marcas conocidas ya no existen, solo se consiguen a través del compadrazgo político carros de fabricación china, sin repuestos ni calidad tecnológica. Los carros chinos llevan escrito por sus dueños o víctimas en los vidrios traseros:

“Sí nos gusta la comida china, no nos gustan los carros chinos”.

Chinese food / Cortesía de Rawpixel

Saber decir NO a lo que tú crees no juega a tu favor es la clave para hacer un buen trato. ¡Hasta la próxima amigos!