por Américo Ramírez
americoramirez71@gmail.com

Margaret solicita mi servicio en Flagger Dr. Ya esperándome fuera de su apartamento ubicado en las torres que llevan el nombre del actual presidente de esta nación, su vestimenta deportiva pero de las mejores marcas me dice que debe estar lejos del umbral de la pobreza.

Al subirse a mi carro, le doy mi “Good Morning” acostumbrado –como nos lo pedía la profesora de inglés de primaria– y mi advertencia usual: “Excuse my bad English”. Con una pizca muy ligera de arrogancia pero que hace sentir su sabor picante, me contesta: “Don’t worry, I was not going to talk to you anyway”.

Me pude haber sentido incómodo, pero su genial respuesta llena de pragmatismo y sinceridad me trajo más bien simpatía, además de la atmósfera high class. De todas formas, lo que dijo fue mentira, porque no dejó de hablar en todo el camino; su afición por contradecir el GPS (con toda razón) me enseñó, lo que llamamos en mi país, “caminos verdes” pasadizos casi secretos y nuevas formas de burlar el tráfico.

Tanto era su dominio de la zona que se me pasó por la mente decirle: “Margaret, mejor conduce tú”. 

Entre cada orden a seguir durante el camino, me sacó información de mi vida privada: de dónde venía, hace cuánto estaba en el país, si me gustaba… Dijo que había escuchado los problemas de mi país y me preguntó si había venido con mi familia. En fin, sin alguna autoridad requiere información adicional sobre mí es bueno preguntarle a Margaret.

A medida que fuimos avanzando, y a un ritmo que, calculo, ronda las cincuenta palabras por segundo, resultó que no quedaron clases sociales entre nosotros. Éramos dos seres humanos buscando llegar a un destino, y cuando al fin llegamos al sitio de drop off, vi que se trataba (por lo lujoso) de una especie de club. ”Nice place”, le dije, y ella contestó: “It’s my cricket club”, no sin luego retocar con su peculiar humor arrogante: “You should come play one day”.

Decidí contestarle cómplicemente y devolviéndole su humor clasista: “Dont worry, I just play golf”. Margaret se rio conmigo y luego recibí un semi generoso tip de mi nueva amiga aristócrata.

Estos son algunos de mis clientes “silver miles”, llenos de puntos y categorías por su sabiduría. Puede que algunos estén padeciendo el lado no amable de volverse cada día mayores, pero es algo inevitable: la indefensión y la vulnerabilidad son parte del paquete que trae este ciclo biológico.

People in the park / Cortesía de Rawpixel

En lo particular, creo que esa es una de las patas macizas que posee la definición universal de éxito. Muchos lo distorsionan con activos materiales, con títulos colgados en la pared de una oficina, escaños políticos, negocios construidos a través de marcas tecnológicas y productos de alta demanda. En realidad, eso también es éxito, pero completar tu ciclo de vida es de ganadores, no todos alcanzan tener una cuenta de puntos plateados ganados a través del tiempo.

Mientras que la salida –siempre lamentable– más temprana de una persona no es una pérdida individual, sí es una pérdida para toda la especie humana.

Cada día estoy mas orgulloso de ver una cabeza plateada cargada de conocimientos, viviendo el día a día como no lo hacemos lo mas jóvenes, y no lo hacemos por la sencilla razón de no ser conscientes de la perspectiva de un fin. Eso haría que valoremos lo que tenemos y lo disfrutemos al máximo, porque cada respiro cuenta.

Escuchemos a nuestros chamanes, a nuestros robles del bosque, a nuestros veteranos de la lucha de la vida. Sus enseñanzas no caerán como rayo del cielo cuando sea el momento y digamos por dentro: “esto es lo que me decía mi padre, abuelo, etc…”. 

Estas letras van dedicadas a Mercedes, a Vicky y a Macencio, sabios que hoy ya no nos guían en el plano terrenal pero seguro están ocupando el lugar de una estrella como su nueva suite para observarnos desde arriba. Es mi explicación de porqué existen millones de estrellas en el cielo.

Hasta la próxima.