por Américo Ramírez
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El día que nació la idea de escribir “Historias de un driver” y la oportunidad que me dio El Faro de poder compartirlo con ustedes, jamás fue con la motivación de hacerme un pichón (ave recién nacida) de escritor ni nada que tenga que ver con un ejercicio ególatra, todo lo contrario, cada vez que sale un nuevo artículo me invade una vergüenza similar a la de aquellos que se animan a cantar en un karaoke sabiendo que van a estar indefensos ante las miradas, risas y críticas de sus oyentes.

Vencer esa timidez literaria solo es posible gracias a una fuerte necesidad de expresar y drenar a través del blanco y negro las cosas que uno va acumulando como experiencias de vida: algunas, siendo protagonista, y otras, como observador. Lo cierto es que uno quiere saltar como pop corn antes de la película, de ahí la amplitud de poder abordar temas diversos y sin ningún respeto a un hilo de coherencia.

La excepción a esta regla es el poder dedicar algunas palabras, en cada entrega, a denunciar la usurpación del narcocomunismo que hoy sigue destrozando aceleradamente mi país, y ahora, como si fuera poco, somos invadidos por militares rusos, un gobierno extranjero inhabilitado de ser ejemplo de democracia y humanismo. ¡Fuera los militares rusos y cubanos YA!

Mi Corolla blanco ha tenido siempre unos pasajeros muy especiales. En este caso, al sentarse Salvatore, me provoca sentirme privilegiado de ser su conductor. Lo recogí en un taller cerca de Dixie con 10th Ave; luego de que una señora lo ayudó a subir a mi vehículo, vino un tiempo muerto esperando que su ayudante subiera también al carro, cosa que no pasó porque me aclaró que viajaría solo. Al principio, como nervioso que soy y rozando más bien lo cobardón, la responsabilidad de guiarlo a su destino me abrumó.

A los minutos, estábamos hablando de su descendencia italiana y su empresa en los años 80 en New York, donde la mayoría de sus empleados eran latinos y le dio la oportunidad de enseñar inglés y aprender el español. Lo primero que usé para romper el hielo de un viaje de casi una hora fue decirle: “Qué hermoso está el día, Salvatore”, a lo que me respondió con su primer misil de sabiduría: “A mi edad, todos los días son hermosos, Américo”. Luego, hablamos de nuestros nombres y coincidimos en que a ninguno de los dos, de niños, nos gustaban, pero de adultos sí.

No parando su artillería de luces, me dijo: “tu nombre no te hace a ti, tú haces tu nombre, yo hice que el mío me gustara, tú harás lo mismo con el tuyo”. En ese momento, estaba teniendo una sobredosis de enseñanza, aunque el viaje se dividió en episodios de ausencias por micro siestas, que él tomaba junto con pequeñas lagunas mentales en las que me preguntaba: ¿mañana me buscarás en la mañana o en la tarde? Con una seguridad absoluta, le contesté siempre: “en la mañana, Salvatore, en la mañana”. Sus palabras más impactantes vinieron sin anestesia, precedidas de un silencio que él rompió con una frase que jamás olvidaré en la vida: “Américo, me quiero morir”.

Créanme que el Américo cotidiano hubiese reaccionado deteniendo el vehículo para llamar al 911 y contrarrestar de alguna manera sobredimensionada esa amenaza a su vida, pero fluyó un Americo poco conocido, sereno y manejador de crisis. Le contesté: “te entiendo, Salvatore, te entiendo”. Y de verdad lo entendí, porque él nunca dijo que quería quitarse la vida sino que quería dejar la sala de espera que llamamos vida, porque tenía la certeza de haber culminado un ciclo y querer pasar a la otra habitación, al por venir desconocido por todos, el que negamos inconscientemente a pesar de ser lo más seguro que tenemos al nacer.

Mi respuesta lo tranquilizó y no volvió a tocar el tema, lo dejé en una hermosa casa en Boca Ratón, me pidió ayudarlo a abrir la puerta, lo cual hice con el mayor de los gustos y lo acompañé a su sillón en una habitación con equipos médicos. Sacó un billete de 10 dólares y me dijo: esto es para ti, pero me negué a recibirlo. Él insistió con una pregunta: ¿tienes familia, Américo? Le dije que sí, me volvió a dar el billete y esta vez lo acepté con serenidad.

Nicholas hizo una solicitud de servicio entre Evernia St. y Rosemary Ave., estaba muy cerca del lugar, llegué en 2 minutos. Pasa el tiempo reglamentario de espera, intento comunicarme con él infructuosamente, espero 3 minutos más y hago otro intento de comunicación: no hay nada que hacer, cancelo el viaje porque el pasajero no se encuentra en el sitio. Eso genera una penalidad al pasajero.

Al retirarme del lugar y doblar la esquina, veo a un señor que me hace señas para que lo atienda, era Nicholas. Detengo mi vehículo y me bajo para explicarle que se ha parado en el sitio equivocado y que había procedido a cancelar ese ride. Su cara de ingenuidad y vulnerabilidad, y la barrera del idioma que refleja su incapacidad para entender la situación, hace que se suba mágicamente a mi carro sin poder evitarlo. Ya como un pasajero clandestino en mi Corolla, le pregunté: Do you know how to get to your destination? Su respuesta fue más ágil y rápida que su movimiento de adueñarse del asiento delantero derecho de mi carro: Executive Center Dr.

En minutos, estaba guiándome a un destino no registrado en la app y con un GPS modelo Cristóbal Colón. A mitad de camino, Nicholas me dice en perfecto español: “¿Cuánto te costó este Toyota?”. Mi respuesta fue otra pregunta: “Nicholas, ¿no que no hablas español?” Entonces me dijo: “sí lo hablo, pero en el momento que decidías traerme o no a mi casa, era mejor para mí no hablar”.

No me queda otra que decirle con simpatía y resignación que fui víctima de una jugada excelente: “Eres un tramposo”. Luego, siguió hablando de su primer carro, que compró en un dealer, y cuánto le costó. Fue un Mercedes Benz en el año 1976. Su relato era similar al de un general hablando de sus condecoraciones.

Casi al llegar al destino, un sitio especial para personas mayores, me comentó que su hijo lo había llamado después de 8 meses sin saber de él para pedirle 8,000 dólares: “Es mucho dinero, no sé si prestárselo, pero seguro haré que me visite para discutirlo y decirle que le prestaré 10,000. Tendrá que venir a buscarlo de 1,000 en 1,000 todos los meses”. Me conmovió esa propuesta de su disposición a dar obligando a su hijo dar también.

Llegó el momento de dejarlo en su destino, su habilidad casi de mago para subirse a mi carro y embaucarme en un viaje clandestino había desaparecido: ahora, la dificultad para salir del vehículo hizo que requiriera de mi asistencia y, como plus adicional, necesitó que le atara los zapatos. Lo vi perderse por el pasillo a la entrada de su edificio, y en esos minutos, me quedé filosofando sobre las distintas formas de llegar a la última etapa biológica de nuestras vidas. Espero que su hijo reciba los 8,000 dólares que necesita, pero que pague 50,000 verdes de interés en visitas.

Continuará…