por Américo Ramírez
americoramirez71@gmail.com

Escribir Historias de un Driver no es tan sencillo como parece, su complejidad no proviene por razones literarias, totalmente desconocidas para mí y que me definen solo como un cuentacuentos, la verdadera dificultad emerge de la escaza pesca en ese mar de historias.

Desde niño, jamás me atrajo la ciencia ficción, siempre aseguré que las situaciones reales jamás serán superadas por la invención y la ficción. Mi poca afición a lo irreal puede llegar a niveles sorprendente, como que solo una vez en mi vida he visto una película de Harry Potter y porque perdí una apuesta. La única vez que fui al cine a ver El Señor de los Anillos fue a consecuencia de una penitencia a pagar por una metida de pata conyugal muy dada a nuestro género masculino, al día de hoy hubiese preferido pagar el castigo que volver a entrar a esa película que reta las leyes del tiempo y que requiere un manual de instrucciones categoría experto, una especie de Laberinto del Fauno. 

Mi ignorancia en el tema Potterico es de tan gran envergadura que casi fui expulsado de la atracción del Castillo de Hogwarts en Orlando cuando pregunté con una voz inocente pero muy alta: ¿Para qué Harry Potter usa escoba? Mis hijas cometieron su único acto parricida virtual de su vida, fingieron no tener vinculación con este blasfemo de la saga del aprendiz de mago. Media hora después –lo que equivale a diez tiendas más adelante–, les renació el amor paternal extraviado por mi ignorancia. 

Si fuera por mí, J.K. Rowling hoy estuviera económicamente rozando los límites entre la pobreza y la indigencia

Pero mi mayor amargura hacia lo fantástico es el bendito tema de los zombis: ¿cómo hacen unos muertos vivientes, lentos, lerdos, balbuceantes, para poner en jaque a toda una nación por más de 9 temporadas? Definitivamente, le han sacado hasta la última gota a este limón y unos cuantos cientos de millones de dólares.

Como siempre, y ya casi rutina de mis columnas en El Faro, me toca tragarme palabras y conceptos que, creía estaban escritos en piedra. En este caso, le tocó al tema de la ficción, y hoy admito que un par de estas fábulas pueden rozar la realidad de manera curiosa en mi cotidianidad.

Mis dudas sobre la existencia de personajes ficticios en mi país cada día son menores. Desde hace 20 años, una manada de chupacabras (especie animal mitológica extinta) han devorado vorazmente todas la riquezas y recursos tanto naturales como sociales, cívicos y, sobre todo, los principales para vivir: alimentación y salud. Estos depredadores fueron entrenados por otros seres nada ficticios, y esto se mide por el mal que durante más de 60 años han causado a uno de los paraísos caribeños más hermosos del planeta.

Ellos no son otros que los hermanos Castro Nosferatu, una especie de vampiros geopolíticos que han mantenido su sistema, que dice ser humanista (para los Castro) a costa de las riquezas de cualquier país que les dé permiso para ser desangrado por estos parásitos dictatoriales.

La otra semejanza entre lo fantástico y la realidad es lo de los muertos: seres que, con fisonomía y signos vitales igual que el resto, no parecen gobernarse solos, dependen de un virus que ordena la ejecución de sus acciones.

Mi estadística personal es que, de los 40 pasajeros que suben a mi carro, solo uno deja una idea llena de sabiduría o de ignorancia (ambas valen), una esencia de convivencia, un ápice de carácter, en fin, una fe de vida. Los otros 39, sin ánimo de irrespeto, son seres humanos con rasgos fuertemente pasivos, tenues, grises, conectados a una fuente de poder de forma rectangular.

La mayoría de estos aparatos muestran una fruta mordida una sola vez, deduzco que ese pedazo faltante es la nueva versión del mordisco que causó el envenenamiento que llevó al estado de coma transitorio a Blanca Nieves, pero esta vez alarmantemente masivo y globalizado. 

Addiction / Cortesía de Rawpixel

El comportamiento de estos personajes conectados a un dispositivo y que, a menudo pienso, es porque se trata de un dispositivo conectado a una persona, se inicia con un saludo originado por mí y contestado en un nuevo idioma que se parece al inglés pero más bien inhalado, jamás exhalado. Otro rasgo característico es que su vista y cuello, mientras más cerca estén de su ente supremo, seguramente más rápido entrarán al paraíso tecnológico: imagino que será parecido a los templos que hay en los malls de todo el mundo, con el logo de la manzana mordida y siempre llenos de discípulos. Otra característica es que, en los momentos donde el carro permanece detenido, la fuerza del movimiento de los pulgares hacer mover el vehículo de un lado a otro.

Muchas veces, las interacciones con estos devices producen fuertes muestras de expresión tales como gritos, risas, malas palabras, entre otras que rompen un silencio pesado y me han hecho moverme de mi asiento bruscamente tratando de saber el origen de esa inesperada reacción.

Es tanta la devoción a estos dispositivos que he llegado a tener cargadores de distintas marcas y modelos de aparatos, con frecuencia imagino que no soy un driver y que mi Corolla no es un carro particular: al llevar a estos riders nos asemejamos a un chofer de ambulancia con equipos que conectan artificialmente a los pacientes.

Esta columna con un humor muy oscuro está lejos de quemar en la hoguera de las ideas y de la invención al desarrollo de la tecnología y las formas emergentes de comunicación. Gracias a la redes tecnológicas, mi país y mi gente han logrado vencer la censura férrea de la dictadura narcocomunista que hoy sigue padeciendo, la información está de forma inmediata en nuestras mentes, las familias separadas acortan sus distancia, los abuelos conocen e interactúan con sus nietos, los empresarios crean más empleos, los políticos dejan en evidencia sus promesas cumplida o e incumplidas, el amor a veces nace, crece y muere con estos aparatos de testigos.

Pero jamás dejo de recordar con mucho asombro una cena a la que fortuitamente me invitó un amigo con su familia. En la mesa, todos se relacionaban con otros (ausentes) a través del celular, el padre de mi amigo intentó varias veces iniciar una conversación infructuosamente, lo cual me apenó por el intento fallido de expresarse. A los segundos, vi cómo, resignado, se unió al clan de los dedos inquietos. En pocos segundo, sonó simultáneamente una advertencia de envío a todos los comensales, o sea, al grupo de la familia. Al leer el mensaje, todos abandonaron sus dispositivos de forma voluntaria, resignada y, sobre todo, apenada: Don Pepe, sentado a mi costado, me mostró lo que escribió: “Por favor, alguien me pasa la mantequilla”. 

Cortesía de Gratisography

Solo el sentido común, sincero, disciplinado y con claridad de objetivo hará que esta herramienta no siga sumando adictos. Incluso los padres exigen a sus hijos no estar conectados, algo que ellos no están en capacidad de ejemplificar.

Para finalizar, no pido que los 39 de mis 40 pasajeros aporten historias a un driver desconocido, pero me complacería que lo hicieran con sus parejas antes de dormir, con sus hijos a buscarlos al colegio, con sus amigos en una noche de tragos, con sus padres en la cena, en fin: a conversar con tu auténtica voz, con la mirada siendo cómplice de lo expresado, usando el tacto como una herramienta que enfatice nuestra idea, disfrutando del olor del ambiente que alguna vez nos recordará esa conversación de hace unos años con solo volver a percibir ese aroma.

Los grandes autores han dicho: ríe, ama, llora, corre bajo la lluvia, siembra un árbol… no necesito ser un letrado para añadir a esa sabia lista: hablen, hablen y hablen cara a cara, en modo real.