EMOCIÓN Y RAZÓN: CÓMO INVERTIR SIN METER LA PATA

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Aunque existen miles de escuelas de negocios en el mundo, dotadas con el último arsenal en tecnología, los mejores resultados en ventas y certificados acreditados por universidades prestigiosas, puede que todas sean deficientes en el conocimiento esencial.

La tendencia hoy en día pretende centrar el desempeño en los negocios en el uso de herramientas virtuales y comunicación en tiempo real. Todo empresario sabe lo que implica anunciarse en las redes sociales y qué beneficios puede obtener de ello, pero no se habla lo suficiente de la gnosis, el “contenido de fábrica” que distingue a los empresarios exitosos de los malos inversores.

El conocimiento de otras culturas, la originalidad, la capacidad de tomar riesgos y la imaginación son algunos de los valores y actitudes más importantes en el mundo de los negocios. Sin ellos, es imposible adaptarse a los cambios y mantener a flote una empresa. Los latinos llevamos desventaja en este aspecto, al igual que la mayoría de regiones donde la educación lógica y matemática ha sepultado la importancia de aprender a sentir.

La angustia y el entusiasmo, por ejemplo, son las dos grandes emociones que inspiran el mayor número de decisiones equivocadas en la vida, y cuando hay grandes sumas de dinero en juego, las probabilidades de fallar se triplican. Aun así, muchas personas toman la decisión de invertir todo lo que tienen en un negocio sin detenerse a elaborar un plan (exceso de entusiasmo), y terminan abandonando el proyecto cuando las cosas se ponen mal (exceso de angustia).

Nadie debería subirse al barco sin saber nadar. Por desgracia, no existe un manual de instrucciones hecho a la medida para invertir con inteligencia, y lo que funciona para algunos, podría no ser útil para otros.

Tomando en cuenta que todos experimentamos y somatizamos nuestras emociones de forma distinta, las escuelas, libros y cursos deberían hacer énfasis en cómo domar al toro en lugar de ofrecer tips para montarlo treinta segundos. La psicología moderna ha llegado a la conclusión de que las antiguas corrientes (que, por cierto, moldearon el sistema educativo actual) cometieron un error al pretender separar la emoción de la razón, y que ambos mecanismos intervienen en todas las decisiones que tomamos en la vida.

El cerebro y la emotividad no son partes de una máquina que podamos destornillar y dejar a un lado mientras probamos cómo funciona el resto. En realidad, y aunque hayamos oído siempre un discurso distinto de nuestros padres, la cultura y el sistema, saber tomar decisiones emocionales es tan primordial para el éxito como aprender a tomar decisiones lógicas.

Venciendo la paradoja del perro y el gato

La mayoría de nosotros creció en un ambiente donde el cerebro y el corazón encarnan la paradoja del perro y el gato: similares, pero incompatibles, en eterna lucha, siempre opuestos.

No es que todo sea culpa nuestra. Biológicamente, estamos programados para identificar y reconocer relaciones duales (bueno-malo, frío-caliente, luz-oscuridad). La categorización nos ayuda a relacionarnos con el mundo sin entrar en pánico, así que culpamos al corazón de nuestras malas decisiones y atribuimos al cerebro las buenas.

La mejor forma de vencer la paradoja del perro y el gato, y aprender a interactuar mejor con nuestras emociones, es dejar de pensar en ellas como un obstáculo para el intelecto y comenzar a integrarlas a nuestro esquema mental como un recurso valioso para concretar buenas inversiones.

Las emociones afectan a los clientes, los proveedores, los empleados, los socios… ¡las emociones pueden afectar, incluso, todo un mercado! No es una ruleta rusa ni un juego de azar, sino un indicador energético que todos podemos aprender a calibrar para tomar mejores decisiones: los equipos de trabajo felices, cómodos, inspirados, definitivamente generan resultados positivos; los equipos de trabajo irritados, inconformes, fatigados, jamás llegarán a soluciones que cambien el mundo.

Un inversor ansioso tomará decisiones precipitadas, mientras que un inversor precavido, analizará los pros y los contras antes de actuar… La decisión final es nuestra.