por R. Arosemena P.
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El pasatiempo favorito del presidente Trump se ha convertido en aplacar todo brote de rebelión o cuestionamiento en contra de su gobierno, incluso en el mundo cibernético.

Hace unos días, usuarios de Twitter se llevaron una sorpresa al ver que el presidente de los Estados Unidos los había bloqueado de su red social por llevarle la contraria a través de menciones y respuestas en contra de su postura política. La usuaria @bessbell publicó: “El presidente acaba de bloquearme en Twitter porque herí sus sentimientos”, uniéndose así a la lista de bloqueados por el presidente, donde figuran personajes reconocidos como Rosie O’Donnell, Stephen King y Anne Rice.

La cuenta oficial del presidente, @RealDonaldTrump, ha sido foco de polémicas y comentarios radicales desde el inicio de su mandato, la ha utilizado activamente como parte de su agenda presidencial y también para la divulgación de ataques contra sus adversarios y amenazas contra jefes de estado, entre ellos, Kim Jong-un. Hace solo un par de meses, Trump advirtió en un tweet al presidente de Corea del Norte que su botón nuclear era “mucho más grande y poderoso” que el suyo, y que funciona perfectamente, en respuesta a declaraciones del líder norcoreano en torno a la presencia continua de un botón nuclear en su escritorio listo para ser presionado.

Aunque no son publicaciones que uno esperaría del presidente de los Estados Unidos, de 71 años de edad, la nación parece haberse acostumbrado a este tipo de comentarios, no sin renunciar a su derecho a expresar libremente su desacuerdo. De hecho, es esta violación constitucional lo que generó indignación entre los usuarios de Twitter bloqueados por el presidente, hasta que una jueza distrital en Manhattan dictaminó el 23 de mayo que la cuenta de Trump y otros funcionarios del gobierno son foros públicos, y que el bloqueo del presidente va en contra de la Primera Enmienda.

“Estamos respetuosamente en desacuerdo con la decisión de la corte y consideraremos nuestros siguientes pasos”, dijo el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, que representa a Trump en el “caso antibloqueo”.

Una “caza de brujas” en todas partes

La frase “caza de brujas” parece ser una de las preferidas por el presidente para describir las investigaciones, cuestionamientos y desacuerdos en contra de su administración. Todo esfuerzo por esclarecer lo ocurrido durante la campaña presidencial del 2016, proponer medidas menos drásticas para el futuro de los inmigrantes y exigir un gobierno menos agitado ha sido llamado por el presidente “caza de brujas” — aún cuando su propuesta para manejar el descontento de los jugadores de la NFL fue sacarlos del país, otra “cacería de brujas” evidente —.

También Philip Cohen, profesor de sociología de la Universidad de Maryland bloqueado por Trump en Twitter podría llamarse víctima de una caza de brujas. El presidente le dio de baja de su lista de seguidores en junio del año pasado luego que Cohen publicara una imagen del presidente con las palabras “Corrupto Incompetente Autoritario”.

De acuerdo con la jueza distrital, Naomi Buchwald, aunque las leyes reconocen los derechos personales del presidente — y por ende, a la Primera Enmienda —, Trump no puede ejercer estos derechos para violentar los de otras personas solo porque ha sido criticado. Lo más que puede hacer es “silenciar” a los usuarios que lo incomodan, lo que significa que no verá sus tweets, aunque ellos todavía podrán comentar y compartir libremente sus opiniones.

Buchwald espera que el presidente o su director de medios sociales, Dan Scavino, procedan a desbloquear a los usuarios después de su decisión, aunque Trump ha dicho públicamente que el tribunal no tiene poder de emitir una orden directa contra el presidente. Para Cohen, es más probable que sea Scavino quien tome la iniciativa de obedecer el mandato de la corte.