por Franahid Josefina D’Silva Signe

 

 

En las películas de desastresvemos cómo el mundo se derrumba frente a la mirada impotente de los comunes mortales, los que sufren hasta que llega un superhéroe o algún protagonista que asume el liderazgo y acaba con la catástrofe y con los malos.

Esta historia que ustedes leerán no es ciencia ficción cinematográfica, es la realidad que vive hoy un país entero que se enfrenta desde hace algunos años a una crisis inclemente en varios aspectos de la vida cotidiana, siendo uno de los más acentuados la crisis energética nacional.

Es jueves 7 de marzo, una tarde calurosa. Aproximadamente, las 3:12 p.m., mientras todos estamos en medio de una actividad diaria muy agitada, disponiéndonos a las labores de la tarde: diligencias, trabajos pendientes, planes en familia, planes de trabajo y lucha diaria por la subsistencia.

De repente, zass … hubo un apagón. Al principio, todos pensamos que era normal (a lo que nos tiene acostumbrados el gobierno desde hace más de diez años): dos o tres horas de suspensión del servicio eléctrico. Iniciamos la espera para que volviera la luz“, una expresión muy lugareña. Quedaban los celulares cargados, pocas velas y algunos automóviles sin gasolina. Llegó la oscuridad, pasaron las horas y, cuando eran las 10:00 p.m., nos percatamos de que la situación era más grave de lo que estamos acostumbrados.

Durante minutos pudimos ver los mensajes en los celulares conectados a los carros y algunas noticias de las páginas conocidas anuncian que el apagón es en todo el país. Según informaciones recibidas de las cuentas oficiales en Twitter de personeros del régimen, se debe a turbinas que cedieron por la falta de mantenimiento, otros dicen que se debe a rodamientos que se dañaron y, desde la mirada política, hablan de un saboteo interno.

Este apagón había sido anunciado como cuando viene el lobo, viene el lobo, y nadie se prepara para ello”, mi padre dijo bajo la luz de las velas… Y todas las pitonisas lo anunciaron: dijeron que compráramos velas, agua y enlatados, y “no le paramos”. Otros dijeron que el gobierno ensayaba un blackoutun apagón total y, sobretodo, un apagón virtual que dejase sin efecto la acción de las redes sociales que mantienen comunicados a los venezolanos con el mundo.

Al momento de escribir esto, van 50 horas sin electricidad, desde el jueves 7 de marzo a las 3:15 pm. Son 50 horas en las que los venezolanos no hemos tenido servicios eléctricos, y llegan algunas noticias: niños del J.M. de los Ríos, un hospital público de Caracas, mueren. Mueren personas que dependían de máquinas de oxígeno, los hospitales comienzan a llamar a familiares para que se ocupen de sus enfermos porque no hay plantas eléctricas. En otras partes, la comida empieza a podrirse en cadenas de supermercados y deben regarla entre los transeúntes, la gente protesta pero la falta de agua, comida y electricidad hacen mella en la manifestación por los derechos fundamentales de los venezolanos.

Son más de 50 horas sin electricidad y no sabemos qué será de nosotros, sabemos que no hay un superhéroe que pueda salvarnos y también sabemos que nuestro sistema hidroeléctrico está en decadencia, sea cual sea la razón, oprime cada día más a un pueblo que se ha visto sometido a una fuerte situación económica que no permite tener fuerzas para luchar.

Hoy, Venezuela vive la crisis energética más prolongada en Latinoamérica y la primera crisis de desconexión de Internet en el mundo, ni Egipto ni otros países han quedado tan cercados como los venezolanos. La crisis es mayor cuando se ve a los aprovechadores del momento: un botellón de agua se cotiza en el equivalente a un sueldo mínimo y, una vela, a la mitad del sueldo mínimo.

Son días de oscuridad, días sombríos, de miradas perdidas y cabezas bajas, de búsqueda de un poco de electricidad en los carros o centros comerciales con plantas eléctricas.