Con las nuevas formas de comunicación e información, cada vez es más evidente que llamar la atención en un mundo sobresaturado de imágenes y eventos se ha vuelto difícil.

Poco a poco, hemos ido sustituyendo el evento principal, el contenido, con los personajes que participan en él, lo que ha convertido la descripción de los acontecimientos que nos rodean en un discurso de fuertes connotaciones personales. Así, acabamos en un mundo donde debatimos a las personas, su identidad y su comportamiento en lugar de referirnos a lo que está pasando. Esto hace parte de la “sociedad del espectáculo” que estamos viviendo, y esto lo saben bien los líderes de mercadeo global. 

En la campaña presidencial de 2016, Donald Trump fue protagonista de aproximadamente 2200 reportajes o coberturas por parte de CNN, y su presencia en los medios creció considerablemente para igualar su popularidad entre los votantes. Como John Sides ha dicho en distintos medios y reportajes: mientras mayor cobertura recibe una postura política en los espacios públicos, más persistente resuena el mensaje y es capaz de llegar a más personas de las que se pensó al momento de producirlo.

Imagen CC Russ Allison Loar

“Y sin darnos cuenta, mientras nos burlábamos de los discursos y posturas caricaturescas del presidente Trump, más divulgación obtuvo su discurso. Con el eco de nuestras risas pagamos su entrada a la Casa Blanca”.

Muchos añoran los días en los que la idea de tener a Donald Trump en la Oficina Oval no era más que un disparate. 

Nos distraemos tanto con la individualidad de quienes establecen un discurso en cualquier ámbito de la vida que, muchas veces, aunque estamos en desacuerdo total con el emisor, nuestra opinión, principios y creencias se ven reducidos a una ecuación simplista de la realidad. Así, pasamos de la primera plana con Trump a otra primera plana sobre Trump. Facilitamos su conversión en un ícono, hacemos que la gente lo siga, que critique y alabe su personalidad mientras la silla presidencial sigue vacía. 

Al fin y al cabo, no existe buena o mala publicidad, solo publicidad.