‘IMPORTACULISMO’ DE ESTADO

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Hay personas que abogan por la inclusión del término importaculismo al diccionario de la RAE, quizás porque la cultura importaculista rebasa fronteras e idiomas, pudiendo orientar la toma de decisiones tanto en la China como en América.

No se es importaculista por accidente, sino más bien por costumbre. El hábito se va construyendo a medida que el individuo descubre un placer seductor en restar importancia a una diversidad de ocurrencias y situaciones. Ser importaculista puede ser un arte o una vergüenza, dependiendo de cómo se le mire. Por un lado, el importaculismo nos blinda contra las malas lenguas, los chismes, la envidia y la toxicidad, sin embargo, es también la razón por la cual elegimos mal a quienes, se supone, deberían elegir bien por nosotros en el futuro.

Cuando el importaculismo invade el estado, triunfa la decadencia, y con ella las dictaduras, el hambre y la violencia, el miedo y la injusticia. Un gobierno importaculista suele negarse a reconocer su compromiso con la gente en más de un ámbito (salud, equidad, educación…); lo esencial se vuelve secundario y, lo secundario, ocupa el escaño principal en un circo sin justificación.

Hace un par de días, el gobierno federal dijo a la corte que los voluntarios y organizaciones sin fines de lucro (y no el estado) deberían hacerse cargo de localizar a los más de 400 padres inmigrantes que fueron separados de sus hijos en la frontera y luego deportados. Previamente, la jueza Dana Sabraw había ordenado a la administración del presidente Trump reunir a las familias separadas antes del 26 de julio, un plazo que no fue del todo cumplido.

Mientras que 1,900 niños inmigrantes fueron reunidos con sus familias o se logró resolver su caso de otra forma, cientos siguen esperando que sus padres o adultos responsables sean localizados por una red de firmas de abogados, voluntarios y ONGs que han decidido hacer el trabajo que la administración de Trump se niega a realizar, una administración — según la Unión Americana de Libertades Civiles — con muchos más recursos que cualquier ONG en el mundo.

El gobierno alojó cientos de niños en jaulas metálicas con láminas de aluminio para ser usadas como mantas, los alimentó con agua y papas fritas, los dejó solos, y aún así, la rueda gira y se aparte de los autores originales de la crisis. El crimen perfecto, dirían… el arte de lavarse las manos.

Puede que, al fin y al cabo, el importaculismo sea esto: lavarse bien las manos.