por R. Arosemena P.
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Durante el último mes, Paula se ha visto en la necesidad de hacer frente a algunos problemas. La relación con su esposo se ha deteriorado, a su hijo mayor le ha ido mal en la escuela y las cosas en el trabajo no pueden ir peor.

El concepto tiempos de crisis define a la perfección lo que Paula ha estado viviendo recientemente. Ha estado irritable, incómoda y desmotivada, lo que ha hecho de ella una persona irreconocible para sí misma. “Debería ir a que me receten algo”, le dice a una amiga, que se limita a darle amablemente la razón.

Sin saberlo, las creencias y percepción emocional de Paula han desatado una tormenta en un vaso de agua, y ahora se dirige a perpetuar el error del ser humano contemporáneo: evadir las dificultades consumiendo “fármacos milagrosos”. Nada más alejado de la solución real, de acuerdo con la neurocientífica Lisa Feldman Barrett.

La definición del extremismo consiste en limitar el reconocimiento de nuestras emociones a tan solo dos posibles variables: sentirse de maravilla o sentirse pésimo. Por desgracia, las personas que rigen su vida por esta norma tienden a sufrir mucho más que quienes distinguen entre un amplio espectro de experiencias emocionales.

“Una de las mejores cosas que puedes hacer por tu salud emocional es reforzar tu concepto de las emociones”, explica Barrett. “Si puedes diferenciar entre estar feliz, contento, emocionado, relajado, alegre, optimista… y estar enojado, agravado, alarmado, rencoroso, gruñón… tu cerebro tendrá más opciones para predecir, categorizar y percibir emociones, y adaptar mejor tus acciones en el entorno”.

Por desgracia, la inteligencia emocional no es uno de los pilares de nuestro pensum escolar, lo cual es una desventaja en comparación con el sistema educativo japonés. Nadie en occidente puede jactarse de haber asistido a un colegio estatal donde todos los cursos estuviesen orientados, además de impartir lecciones, a enseñar a los chicos a sentir y manejar sus emociones. Veinte años después, el resultado es una tendencia general a la neurosis, la idealización de la felicidad y la baja tolerancia a la frustración.

Antes de ir a la farmacia por ansiolíticos, lo que todos deberíamos hacer es calmarnos y tomarnos el tiempo de indagar la solución definitiva.

Barrett está convencida de que las personas que pueden construir experiencias emocionales saludables van al doctor con menos frecuencia, consumen menos fármacos y pasan menos días hospitalizadas. Se convierten en “expertos emocionales”, y heredan este conocimiento a sus hijos.

No hace falta cursar años de estudio en psicología para aprender a mejorar nuestra vida emocional, dice Barrett. Lo único que tenemos que hacer es aprender nuevas palabras.

Natalia Y

“Las palabras nutren los conceptos, los conceptos conducen nuestras predicciones, y las predicciones regulan el presupuesto de nuestro organismo (que es el modo como el cerebro anticipa y satisface las necesidades energéticas de nuestro cuerpo)”.

Lo que ocurre con las personas que poseen un vocabulario emocional demasiado limitado es lo mismo que ocurriría con un electrodoméstico que solo maneja dos velocidades opuestas: ir demasiado lento o demasiado rápido. Las adicciones y malos hábitos son frecuentes en casos como este, ya que somos incapaces de regular nuestras emociones por cuenta propia.

Las personas comienzan a beber en exceso para lidiar con sus problemas cuando no pueden hacerlo en un estado de consciencia regular. Lo que Barrett propone a estas personas es darle la vuelta a la manzana podrida y comenzar a aprender cuantas palabras nuevas sea posible. “No te quedes satisfecho con ´feliz´: indaga y usa palabras más específicas como extático, dichoso e inspirado”.

Usar vocablos en otros idiomas y hasta inventar nuestros propios conceptos emocionales es completamente válido en la teoría de Barrett, que aboga por dar prioridad a modificar el modo en que vemos el mundo y nuestro lugar en él. Al fin y al cabo – opina – las personas pagan grandes sumas de dinero a coaches y terapeutas para enseñarles a hacer exactamente lo mismo que podrían hacer por sí mismas: abordar la realidad desde un punto de vista distinto.

Las preguntas clave en momentos difíciles pueden ayudarnos a evitar angustias innecesarias. Para Barrett, cada vez que sintamos que estamos sufriendo, que alguien nos ha ofendido o que estamos en un momento de suma dificultad, lo que deberíamos hacer antes de perder la calma es preguntarnos si realmente estamos en peligro o si solo tenemos miedo de ver amenaza nuestra realidad social.

“La respuesta puede ayudarlo a recategorizar su palpitante latido, el nudo en la boca del estómago y su frente sudorosa, dejando que la preocupación, la ira y el abatimiento se disuelvan como una pastilla antiácida en el agua”.