El proceso de volver a vivir después de un desastre

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vivir después de un desastre

Un accidente, desastre o siniestro puede ocurrir en cualquier momento sin que seamos capaces de hacer nada para evitarlo. Recientemente, un puente vehicular en Genoa, Italia, colapsó repentinamente causando la muerte de más de 40 personas (por el momento) y dejando a cientos de familias en el desamparo por la pérdida de seres queridos.

La Asociación Americana de Psicología explica que, fuera de la ausencia o presencia de heridas físicas, los desastres pueden implicar heridas emocionales profundas y difíciles de sanar. Las repercusiones pueden ser, igualmente, longevas, e incluyen desórdenes del sueño y pérdida del apetito, problemas para concentrarse y tomar decisiones, altibajos emocionales, dolores de cabeza, osteocondritis y estrés post-traumático.

La psicología considera un desastre no solo aquellos eventos de índole natural que generan grandes pérdidas materiales y humanas, como los terremotos e inundaciones, sino también todo aquel incidente de impacto negativo caracterizado por daños de gran alcance, pérdida de vidas o privación de ellas.

Generalmente, el eco psicológico de un desastre puede perdurar en la mente de los involucrados durante mucho tiempo y condicionar el resto de su vida; por ello, los psicólogos consideran indispensable divulgar al público estrategias que ayuden a las personas a sobreponerse a los traumas ocasionados por este tipo de eventos.

Entre los pasos que citan los expertos para lidiar con el impacto psicológico de un desastre o hecho violento tenemos:

Primero, reconocer, nombrar y expresar lo que estamos sintiendo. Las emociones intensas, como la ira, miedo o tristeza, no deben reprimirse sino afrontarse como parte de la experiencia humana, de otro modo, nuestro cuerpo no sabrá cómo procesar el estrés.

Podemos expresar nuestros sentimientos mediante palabras, cartas u obras de arte… Todo es válido si contribuye a nuestro bienestar.

El segundo paso para recuperarse de un evento traumático es dar prioridad a los aspectos más valiosos de nuestra vida (motivaciones personales o sueños).

Cuando nos concentramos en aquello que da sentido al acto de vivir, nuestra capacidad de resiliencia aumenta y podemos resolver conflictos con mayor eficacia.

Por último, es muy importante dar seguimiento a nuestros niveles de estrés y ansiedad a corto, mediano y largo plazo, de modo que podamos tomar las medidas necesarias para sentirnos más seguros y relajados.

Algunas personas cambian por completo su estilo de vida luego de atravesar una experiencia traumática, y resulta que los cambios son para bien (hábitos más saludables o una búsqueda espiritual más profunda, por ejemplo).

Siempre será determinante recordar que los obstáculos son grandes oportunidades de crecimiento, y que nuestra forma de ver el mundo tiene la palabra final.